domingo, 31 de enero de 2016

De Nijo a Nishiki


Esperado con ansiedad, en Kyoto me reencontré con otra amiga de las épocas de Kiwi House: Shuko. Arreglamos un día y nos llevó a pasear por algunos de los muchos lugares emblemáticos de su ciudad natal. El primero fue el Castillo Nijo, y aunque le puso muchas ganas, el día no le puso ninguna: nublado, garuando, inestable y frío.



El castillo fue un poquitín decepcionante: si bien la puerta de entrada es deslumbrante y hermosa, después sólo te movés en fila india por corredores y más corredores. No podés sacar fotos en ninguna parte del interior, que tiene reproducciones de tapices muy bonitos, no podés salirte del caminito, la iluminación es mala, el viento estaba muy frío.



Los jardines, que sin duda en primavera son hermosos, eran jardines estándar. Algunas edificaciones estaban muy bonitas, sin duda, pero de esas cosas sobran en Kyoto. Tienen un pequeño museo anexo donde se pueden ver algunos de los paneles originales con pinturas geniales (de los cuales me enamoré y desperdicié media hora planificando un robo maestro), pero súper chiquitito. Y listo, se terminó.


Después de eso fuimos a comer a uno de sus lugares preferidios, y pasamos por todo el distrito comercial, donde hay una calle que se llama Nishiki y que tiene montón de cosas tradicionales, desde souvenires a pulpitos empalados para comer. Lindo, pero muy lleno de gente.


Por un momento el clima parecía que se iba a poner las pilas para ese momento, pero a como fue progresando nuestro tour particular, se demostró lo contrario...



Rafa Deviaje.

martes, 26 de enero de 2016

Las mil puertas de Fushimi Inari-Taisha


Del Hoto-ji y el Sekihoji y sus quinientos discípulos de Buda, fuimos a uno de los templos más visitados de Kyoto (el que presume ser el número uno en TripAdvisorpor segundo año consecutivo), otro de esos lugares que ves una foto y te das cuenta que ya viste fotos antes: el Fushimi Irani-Taisha, el santuario del zorro, el de las mil puertas torii.





Hay demasiada gente fluyendo constantemente, tenés partes donde no podés sacar fotos, tenés locales para comprar tus amuletos y ver cuál va a ser tu suerte, tenés tablitas para escribir tus deseos, tenés una piedra que si la levantás es porque vas a ser afortunado y viceversa, tenés mil puestos de comida, tenés una aplicación gratis para celulares que ofrece una audioguía, y tenés un camino que sube y da la vuelta por un cerro... totalmente cubierto por puertas naranja.



 

 

Llegar arriba de todo lleva su tiempo, y me consta que muchos no llegan. De todos modos tenés baños, puestos de descanso intermedios, más locales de comida y amuletos, pequeños santuarios secundarios en los que vale la pena perderse un rato.






 


Y si bien abajo la masa humana puede irritar un poco, apenas empezás a subir escaleras por ese enrejado naranja que filtra el bosque y el cielo y los rayos del sol, te das cuenta que el que tuvo la idea de poner infinitas puertas una al lado de la otra tenía bien en claro lo que buscaba: de repente vas en ascenso, estás en este mundo porque podés ver el bosque y los pájaros y las nubes pero te estás dirigiendo a otro lugar y de a poco vas llegando, vas llegando...




 

 


Disfruté enormemente de este santuario sintoísta, a pesar de la gente (sacar una foto sin personas requiere tanta paciencia que terminás siendo un monje) y de las vending machines que te asaltan en cada descanso. Disfruté los rincones silenciosos, el olor de inciensos, la sombra entre las puertas, los zorros y tumbas cubiertos de musgo, el sonido del agua cayendo en las fuentes de purificación, el ver viejitos subiendo escalón a escalón en busca de su buena fortuna, incluso el flaco que ascendía calzado en esas ridículas sandalias-zanco de madera.





Y una vez que llegaste arriba de todo podés bajar por otro camino, también tapiado por puertas, también lindísimo, de vuelta a la calle y al mundo y a esas cosas que, lo quieras o no, se ven ahora un poquito diferentes.




Rafa Deviaje.

lunes, 25 de enero de 2016

Kyoto ni youkoso!


De la casa de Ikue, en Gifu, fuimos a la antigua capital del Japón, la ciudad más cultural del país, con la mayor concentración de templos y santuarios y cosas viejas, tradicionales y veneradas: Kyoto. Y ella nos recibió de la mejor manera: el flaco recopado que nos levantó en la Service Area de Yoro se desvió sólo por nosotros hasta la estación central, donde nos regaló yatsuhashi, unos dulces regionales de pasta blanda y anko, y nos sacamos fotos todos juntos con la Torre de Kyoto atrás. De lujo.


De ahí otro tren nos llevó hasta el lugar que habíamos alquilado por internet: un poco alejado del centro pero con un dueño muy buena onda y mucho espacio para nosotros. A mí eso me vino genial porque me sentía enfermo desde antes de dejar Gifu, y después de todo el día viajando ya no daba más.


Pero después de pasar un día y pico en reposo estuve en condiciones de salir a recorrer, y salimos con Miki a caminar los templos más cercanos, como el Hoto-ji y aledaños. Y si Kyoto ya nos gustaba, con su porte de ciudad no tan apabullantemente grande y su sobriedad tradicional, desde aquel día en que recorrimos las callecitas de los suburbios y nos internamos en las proximidades del bosque, nos encantó.


Pasamos por algunos templos menores, en los que yo aprovechaba el descuido y la falta de cartelitos para sacar fotos hacia adentro (de nuevo, en los templos y santuarios más impresionantes siempre hay seguridad y nunca pude sacar una foto, así que me sacaba las ganas en estos otros lugares), y en la parte de atrás del templo Sekihoji encontramos un bosquecillo plagado de estatuitas de piedra, mohosas, medio cómicas, esparcidas por todos lados.


Un viejito nos explicó muchas cosas en japonés y, mal que mal, deducimos que eran los quinientos discípulos de Buda (temática bastante frecuente y que siempre deleita por la abrumadora repetición).



Saqué fotos a diestra y siniestra y al irnos del templo, satisfechos, nos salió al paso una viejita que nos dijo que la entrada al jardín trasero eran trescientos yenes (los cuales pagamos de inmediato) y me aclaró que no se podían sacar fotos. Yo sonreí y dije, no sin faltar a la verdad, que no iba a sacar ninguna foto... La viejita se dio media vuelta para poner las monedas en la alcancía y Miguel y yo huimos escaleras abajo.



Rafa Deviaje.

domingo, 24 de enero de 2016

En un jardín de infantes en Japón

Habíamos previsto que nos podía llevar un día entero llegar a lo de mi amiga Ikue, hasta tal vez dos. Pero habíamos sobreestimado las distancias del mapa, y subestimado la amabilidad de los japoneses. Pim pum pan Panam: en minutos conseguimos que un camionero nos diera un aventón, y pocos minutos después, otros dos camioneros que trabajaban juntos nos cargaron a Miki en un mionca y a mí en el otro, y nos dejaron en Yoro Parking Area, nuestro destino.


Nos subimos a un trencito (de dos vagones y vía única) que circunvalaba pueblitos de tejas pesadas y casitas empotradas en arrozales, nos bajamos en la estación Mino-Tsuya, y allá nos fue a buscar, para sorpresa nuestra, la mamá de Ikue.


Llegamos a la casa, que para los estándares japoneses era grande, y nos recibieron Ikue misma, la hermana, las dos primitas, la tía y Mei, la perrita. Nos hicieron tirar los bártulos y nos llevaron a comer ramen. Y de entrada nos quedaron claros cuáles eran los roles y personalidades de la familia: Ikue la hija extrovertida; su hermana, la responsable ortiva; la mamá la consentidora buena onda (buena onda para nosotros, que nos llenaba de golosinas como a nenitos); la tía era la pariente que vivía al lado y parecía tener miedo de romper algo valioso cada vez que entraba a la casa; las dos sobrinitas eran las colegialas tímidas que saludaban y se ponían a ver animé o jugar con la PSP.


El padre, al que conocimos cuando volvimos de comer ramen, y quien ni nos saludó esa noche, fue el otro personaje: el tipo seco, de poquísimas palabras, afectuoso sólo con la perra, que trabaja duro para mantener a la familia con un buen nivel de vida y que se queda dormido sobre el piso, abajo del kotatsu, pero que en el fondo es un simpático reprimido. No paramos de comentar alegres con Miguel, esos primeros días, lo cliché que resultaba todo.


Ahora, volviendo a aquella situación de haber caído antes de lo esperado en medio de una familia nipona, nos encontramos con que todos trabajaban y que no nos querían dejar solos en la casa mientras ellos estaban afuera (de hecho como que apenas si podíamos circular, dentro de la casa, del cuarto al baño a la cocina). Por suerte Ikue le pidió permiso a su jefa y nos llevó con ella al jardín de infantes.



Jardín de infantes. En Japón. Con nenitos japoneses. Como treinta nenitos japoneses que nos vieron y se asustaron, pero que entraron en confianza en dos minutos y nos brincaron encima y listo, le dije a Miki, cagamos.


En cada momento libre hacían cola para que los alzáramos y les hiciéramos truquitos de magia y jugáramos con legos y comiéramos sus vegetales de juguete y los volviésemos a alzar. Sobrevivimos ese primer día y tuvimos tiempo para asombrarnos con lo ordenaditos que eran, con lo claro que hablaban, con lo bien que leían (¡empiezan a aprender a los tres años los loquitos!), con la autonomía con que iban y venían del baño, con la diligencia con que se servían la comida unos a otros, con lo poco que peleaban y lloraban.


Terminamos muertos y doloridos, pero volvimos al día siguiente, y nos encontramos con un día especial: todos los padres habían ido al jardín porque era el día del mochi-tsuki, o sea, el día en que se hacía mochi de forma tradicional. ¿Qué es eso? Mochi es una “tortita de arroz”, lo que se logra cocinando arroz, metiéndolo caliente en un mortero de piedra y dándole bravo con una masa enorme de madera hasta que es una pasta uniforme, blanca y pegadiza. Y nosotros fuimos como una atracción extra de aquel evento: dos argentinos, uno con barba de linyera y el otro con peluca de viejo senil, haciendo mochi-tsuki con el curso del salón usagi-san.


Después, para rematar, nos pusimos a hacer daifuku, pelotitas chiquitas y prolijas con todo el mochi, que forma parte de la tradición japonesa de fin de año: cada nene se llevaría un par de esas pelotitas, que serían colocadas como ofrenda o amuleto (no entendí bien esa parte) hasta la primera semana después de año nuevo, momento en que calentarían los daifuku (duros como cascotes para esa fecha) y se los manducarían.


Al día siguiente nos escapamos del jardín de infantes y nos fuimos a vagabundear por Mino-Tsuya (donde encontramos un templo que parecía abandonado) y un poco más cerca de Nagoya (donde empezamos a ver por primera vez cosas que parecían abandonadas); y el sábado fuimos al jardín con Ikue nuevamente porque, por un lado, sólo habría una decena de nenitos (que lograron exprimirnos el alma de todas formas) y porque su jefa, Shima-sensei, la dueña del instituto, nos había invitado a comer sushi con ella y su marido...


Experiencia que estuvo de diez: nos reímos, tomamos una cerveza japonesa, le entramos a sushis de todo tipo tamaño y color (y cuyos precios desconocemos pero que sin duda no hubiéramos pagado nunca), nos morimos con el wasabi, casi regurgitamos todo después de tanto sashimi (pescado crudo) y moluscos desconchados; pero al fin y al cabo esos días resultaron, de punta a punta (contando las comidas y snacks que la mamá de Ikue nos encajaba cada vez que podía, y las excursiones que hicimos a la plaza con iluminación por fin de año y al Castillo de Gifu, donde vivió Oda Nobunaga), la primera gran experiencia japonesa que vivimos, el Japón al cien por ciento, la cultura y la comida entrándonos por los cinco sentidos y respirándola por los poros de la piel.




Rafa Deviaje.