viernes, 25 de julio de 2014

El fantasma del Museo de Canterbury

Hay muy pocos lugares para visitar en el centro de Christchurch. Y mi preferido es el Museo de Canterbury. Museo ecléctico y tuti fruti, como casi todo en este país, pero gratuito y con buen nivel.

Vamos paso por paso: arranca con un graffiti en la recepción, seguido por esqueletos de moas, cuevas artificiales, representaciones de la vida cotidiana de los primeros maoríes, utencillos y adornos y otras boludeces aborígenes; después cosas sobre los primeros colonos europeos, como de costumbre, y de golpe y porrazo saltás a una especie de "feria de los sentidos" con mil juegos (infantiles, pero qué va nadie me impidió probarlos todos) que ponen a prueba de formas divertidas percepción. A un lado tienen una casita que una pareja de viejos obsesivos plagó de pauas, o almejas psicodélicas brillantes, y del otro lado una colección de muebles e indumentaria de todo tipo, incluso una armadura. Tienen una recreación de una calle comercial del año del pedo (incluso tienen, ahí empotrada, una de esas bicicletas viejas de la rueda gigante, y te podés subir arriba y pedalear como tarado), la recreación del estudio de no sé qué estudiólogo famoso, y después un cuarto dedicado al testimonio fotográfico del terremoto de Christchurch.

En un segundo nivel hay un espacio dedicado a los arqueólogos de los primeros asentamientos europeos... que tienen doscientos años, una caca de arqueología pero bueno, otra no tienen. Y sigue de ahí con las piedritas y los minerales (que me encantan), los meteoritos, los dinosaurios (a los que les meten alas de dragón, no me pregunten por qué), los bichos embalsamados (les encanta embalsamar pájaros, posta). Tienen una momia (una momia posta, de Egipto con el sarcófago y todo), empotrada en un rincón oscuro. Tienen una colección considerable de arte chino y japonés, una parte sobre ecología, geografía local y reciclaje. Una colección fotográfica y banquitos para que te sientes y uses wi-fi. Y lo remata todo un gran salón dedicado al Polo Sur, con vehículos, equipaje, bustos de exploradores, fotografías, modelos de barquitos, fósiles, esto y aquello.

Arriba de todo hay una cafetería por la que ni pasé, porque siempre está llena de pendejitos con sus papis. Y no son de lo más educados los pequeños kiwis.

¿Cosas buenas del museo? Muy llevadero, con lecturas muy dosificadas y bastante para ver. ¿Cosas malas? Sin mapita te podés llegar a perder cosas copadas. ¿Lo más destacable? Esa pobre momia, desde luego. ¿Tiempo de visita? Entre una hora y media y tres horas. Si lo hacés más rápido es porque sos re inculto mal, viste. ¿Cuánto cuesta? Nada, creo que ya te lo dije dos veces.

Y si salís temprano del museo, podés ir a los Botanic Gardens que están al lado, que en invierno son deprimentes pero se deben re poner en verano. Ahora sí: el momento de las fotitos.





 






















Rafa Deviaje.

viernes, 11 de julio de 2014

Trabajo muy duro, como un esclavo

A Christchurch (que creo que se pronuncia parecido a Cráischer) vine pura y exclusivamente para trabajar: los trabajos de fruta escasean en invierno, las fábricas se saturan, los centros de ski ya me habían rebotado, y Christchuch, con reconstrucción por delante, y al estar rodeada de farms (o tambos), se convierte en el lugar ideal para el backpacker (mochilero) que necesita plata.

En esta ciudad existe una vía láctea de agencias de subcontrato: AWF, Tradestaff, HAYS, Adecco, Coverstaff, NZ Labourers, ApuraleNegro, etc., etc., etc. Vos llegás, decís que buscás trabajo, que te pensás quedar un par de meses en Christchurch (¿que cómo dijimos que se pronuncia?), y que podés pasar un examen de drogas right now. Si tenés auto propio les caés bien, sino les caés medio mal. Si tenés botas reforzadas genial, sino te dan unas de segunda mano, o te ofrecen unas más baratas, o te indican dónde ir a comprarlas. Básicamente sin botas no hay laburo.



Llenás y firmás mil contratos (quinientos para que tengas vos y otros quinientos para la empresa), completás todo lo mejor que podés, con mucho tatetí, y listo: en cuanto tengan algo para vos, te llaman. Estate atento.

Están los que te bicicletean más y los que te tiran la posta. Los que te consiguen una changa de cuarta y los que de una te meten en una fábrica por tiempo indeterminado. Los que nunca dan señales de vida y los que te atosigan con mensajitos. Con todo esto, para conseguir un buen trabajo, siempre depende de cuánto te muevas y de la suerte que tengas.

Yo me moví limitadamente porque, claro, no tengo auto. Y la bici tardó en llegar. Pero sin mucha espera entré a trabajar como labour hand (o che pibe) con los scaffolders, o andamiadores, o como quieran llamarles: obreros hechos y derechos, con mil similitudes con los paraguayos y bolivianos que trabajan en Argentina: no se les entiende un pito cuando hablan, escupen al piso y piropean a las mujeres (aunque acá no se puede siquiera llamar piropo, son unos tímidos). Y mientras tanto, yo mandaba mails y CVs a diestra y siniestra por fonterra, la página ideal para conseguir trabajo en una farm.

Y conseguí rápido lo que quería: una pareja, simpática y amable, que buscaba a alguien sin experiencia pero motivadísimo como yo, me concedió una entrevista en su farm, un martes a las diez de la mañana. Ahí nomás colgué el laburo de la agencia, me levanté temprano y volé a alquilar un auto. Después de varios traspiés y demoras, terminé con uno que era caro pero lindo, y me mandé a manejar los sesenta kilómetros que separaban la ciudad de la dichosa farm.

Para qué explicar que, siendo la segunda vez que estaba atrás de un volante en Nueva Zelanda, y que si tenía mi licencia de conducir era porque la había pagado, manejé con el culo en las manos y respetando siempre la máxima. No choqué ni atropellé a nadie. Pistié como un campeón, me perdí, llegué al lugar, me presenté, nos caímos bien mutuamente, me mostraron el tambo, y me ofrecieron oficialmente el trabajo. Pero cuando surgió el temita de la pequeña restricción de tres meses de trabajo con el mismo empleador, impresa en mayúsculas en mi visa, todo se vino abajo: necesitaban a alguien hasta enero, no me iban a esponsorear (cosa legal de trabajo acá), y no iban a correr ningún riesgo por mí.

A parte de los casi cien dólares que sufrí en el auto alquilado, el chiste de la entrevista fallida me costó un período de inactividad significativo. Igualmente tuve suerte: una mañana me encontré un puercoespín re bonito, y al otro día me encontré con Mei, una ponja que había conocido en Auckland (sí, lo admito, ella me reconoció, para mí los asiáticos son puro copiar y pegar). Y gracias a su influencia con Noriko (otra ponja), la dueña del hostel Kiwi House donde nos alojábamos, me ofrecieron un trabajo por acomodation. O sea: limpiarles la cocina a la noche y evitar que haya mucho bochinche, a cambio de no poner un peso para vivir ahí. Siendo la única oferta estable y considerando lo caro que es el alojamiento en una ciudad que tiene muchas viviendas y edificios inhabilitados, me hice el que la pensaba, y les dije que sí.

Y así pasó el tiempo hasta ahora: dejé de aplicar a las farms por el momento y empecé a ahorrar para tener un auto y para hacerme un arreglo en un diente (dos cosas que cuestan más o menos lo mismo), trabajé unos días acá y otros allá, como scaffolder y manejando una aplanadora (la felicidad del pibe), por acá y por allá, nada estable. Empecé a considerar los trabajos en Nueva Zelanda como una serie de jueguitos de minijuegos (el picking de kiwis es de esos que tenés que juntar todas las monedas lo más rápido posible; el packing, esos de habilidad que cada vez van más rápido; el de los andamios, ese juego que es una mieda y lo querés cerrar enseguida; el de la aplanadora, el tutorial que va a dos por hora, nunca morís y nunca se termina). Mientras saqué fotos, vi todo Game of Thrones, y actualicé un poco el blog. No del todo. Mientras, acá sigo, suspirando...



Voy a extrañar el trabajo con la aplanadora. Si bien me cagaba de frío porque arrancaba antes del amanecer, si bien la vibración me alteró el metabolismo celular, si bien era incomodísimo sacar fotos mientras manejaba, si bien el celular se me cayó abajo de la aplanadora: los amaneceres y atardeceres que disfruté entre enormes dinosaurios, dinosaurios vivos que podía tocar con la mano y que me podían aplastar en un descuido, son impagables.





Rafa Deviaje.

lunes, 7 de julio de 2014

10.000 años antes de Christchurch

Los primeros días que pasé en Christchurch (ciudad con diez consonantes y dos vocales) me dejaron una impresión bastante desoladora.



Para empezar que llegué a un hostel mugroso lleno de rusos y checos mafiosos; y que el clima estaba helado y húmedo y había nubes y garúa todo el tiempo. Para continuar, la ciudad es grande y está dispersa: hay que caminar entre veinte minutos y una hora y media para llegar a cualquier punto del centro (cada cuadra son como cinco cuadras argentinas). Y por último y principal: la ciudad está hecha bosta.




Hace unos años la ciudad sufrió un zarpado terremoto que dejó todo patas pa arriba, muertos y muchísima pérdida material. Y todavía se repuso del todo. La mayoría de los edificios se vinieron abajo, fueron demolidos o están a la espera. En cada cuadra hay una o más obras en proceso. Lo que era bruma marina en Mount Maunganui acá es polvo de concreto. El ruido de martillos, amoladoras y grúas marcha atrás suena en cada esquina.

El terremoto trajo épocas remotas a Christchurch. Hombres rudos y de expresión sombría se mueven de acá para allá, desde antes del amanecer hasta el ocaso, entre pilas de escombros y rocas. Dinosaurios gigantes de cuellos largos devoran edificios y escarban la tierra haciendo sus nidos. Enormes toldos nómades, de hierro y malla plástica en vez de palos y cueros, recubren grandes construcciones. Los caminos son inseguros: calles y veredas están vedadas al paso público por pequeños menhires anaranjados. Como ídolos olvidados, todavía se ven semáforos inútiles, publicidades gastadas, carteles por el piso, detrás de las vallas.


Y si bien los remanentes del terremoto son lo que más salta a la vista del recién llegado, debo aclarar que con los días uno aprende a ver todo el resto.

Al lado de una cuadra entera de negocios clausurados hay una especie de mall construido enteramente con conteiners. Hay placitas y espacios de juegos por todos lados, construidos con despojos de fierros y concreto. Hay una buena colección de graffitis y murales e instalaciones callejeras. Además hay excelentes bibliotecas con excelente conexión a internet, un museo destacable (y gratuito), un jardín botánico que debe ser hermoso en verano, y un río de agua mansa y ondulante, el Avon River, con su cementerio público a un lado, que es un santuario de paz y tranquilidad. Y tiene cielo: como toda Nueva Zelanda, hay un cielo inmenso con nubes extraordinarias y luces majestuosas.



Así que después de pasar esa noche en un hostel horrible, cuando el sol se asomó tímidamente para derretir la escarcha y me cambié a un hostel más copado, empecé a buscar trabajo, a recordar calles bloqueadas y atajos, a pasear y encontrar la comida barata, todo empezó a parecer que mejoraba... Al menos, pareció mejorar por un tiempo.

Aotearoa, o Nueva Zelanda en lengua maorí, significa "tierra de la gran nube blanca".
Sutileza de los maoríes el nombrar a estas islas honrando sus cielos espectaculares.

Rafa Deviaje.