domingo, 18 de enero de 2015

(Cromwell, Alexandra) ¡Queenstown! (Arrowtown, Glenorchy, Wanaka)


A medida que me alejaba del Lago Ohau, todavía agitado adentro mío, decidí poner destino en Cromwell. Sabía que no iba a ser un lugar tan bonito pero resulta ser el Te Puke de las cerezas, cuya temporada de cosecha arranca en diciembre, y mi plan era aplicar a todos los trabajos con unos dos meses de anticipación, como más de un backpacker me había recomendado.


Crucé un camino muy lindo que se animaron a llamar Transalpino. Para tanto no le daba, ciertamente, pero era bastante espectacular. Cada vez más seco y abundante en curvas y contracurvas.


Llegué a Cromwell y descubrí (después de tres días en el bosque sin celular) que era sábado. ¿Posibilidades de aplicar a algún lado? Nulas. Para colmo fui a la biblioteca a ver de chupar Wi Fi y me lo querían cobrar. Así que simplemente pagué un camping y me di una zarpada ducha (la primera en nueve días, récord personal).

Al día siguiente fui a Alexandra, que es como el otro Te Puke de las cerezas. Tampoco pude aplicar a ningún trabajo, por supuesto, pero la ciudad me gustó más. Y estuve a punto, puntito de saltar desde un puente al agua verde de un río que pintaba re copado, pero desgraciadamente, mientras veía la logística de cómo y dónde saltar, por dónde salir y volver rápido a buscar las zapas y volver al auto sin que me agarre la cana, se nubló todo y empezó a soplar un viento del sur que me cagó los planes desde arriba de un puente. En fin.

Me fui para Queenstown. Me habían dicho que era el Bariloche de Nueva Zelanda, y tan pero taaan mal no estaban. El paisaje es muy lindo (especialmente el azul del lago y las montañitas violetas alrededor) y la ciudad es súper paqueta, súper careta, súper cara, muy pero muy bien puesta. Tiene unas callecitas peatonales llenas de locales de comida y de cualquier cosa, unos jardines botánicos donde juegan al freesbee golf, una playita que está OK, un viejo loco que le tira pancitos a las gaviotas, una góndola que sube a la montaña más cercana y una pista de carritos de rulemanes arriba de todo.

En Queenstown me encontré con Pablo, un flaco que había conocido en la packhouse de Te Puke, y con él fuimos un día a Arrowtown (Pueblo Flecha, me sonaba re Pokémon), que fue un antiguo pueblo minero. Tiene la belleza natural que tiene todo lugar que esté en la cordillera de la Isla Sur, y unas dos cuadras centrales que parecen transplantadas del lejano oeste, pero no mucho más.


Otro día fuimos para Glenorchy, manejando por un lindísimo camino al lado del lago. Pero bueno al final tampoco es tan espectacular como te quieren hacer creer los panfletos.

El último lugar al que fuimos fue Wanaka. Esa ciudad y ese lago, venía escuchando y escuchando en bocas de todos, tenía que ser impresionante. Pero qué sé yo, tal vez porque era un día ni tan primaveral ni había nieve alrededor, tal vez simplemente porque venía de recorrer paisajes sublimes, tal vez porque como con Pablo éramos terribles ratones no nos atraía nada del centro comercial... pero lo cierto es que no me copó. Para nada.

Mientras tanto, entre paseo y paseo, yo me clavaba unas horitas en la biblioteca y aplicaba online a todos los trabajos de Cromwell y Alexandra. Y las primeras respuestas no tardaron el llegar: estaban saturados de aplicaciones, no prometían nada, pero si quería un trabajo tendría que ir personalmente para allá a mediados de diciembre.

Entonces hice cuentas y me di cuenta que desde ese momento (o sea mediados de octubre) hasta mediados de diciembre, había dos meses. Mi presupuesto me aguantaba unas tres semanas más de vagabundeo como mucho. Tenía varios destinos más al sur que quería conocer, ¿pero dos meses?

Entonces ocurrió lo imprevisto. Una vez más. Federico, un amigo de uno de mis hermanos, que se encontraba en Nueva Zelanda y al cual contaba entre mis amistades del Facebook así por si las dudas, había publicado que en la farm en la que trabajaba en Oamaru necesitaban a alguien con cierta urgencia.

¿Recuerdan que yo había ido a Christchurch en busca de un trabajo en una farm? A parte Federico decía que la paga era buena, la onda con los jefes era la mejor, proveían casa gratuita y (este fue el detalle que me convenció), los campos daban al mar. Miré el mapa y vi que Oamaru estaba a menos de tres horas, cruzando en diagonales hasta la costa Este.

Lo medité. Y mucho. Llevaba menos de veinte días en mi tan deseado viaje liberador, no tenía ganas de internarme en un nuevo trabajo, por más ahorros que prometiera. Pero por otro lado tampoco tenía idea de qué hacer hasta la temporada de cerezas, y en el fondo estaba experimentando mucha soledad. Porque viajar solo tiene la gran ventaja de una absoluta independencia y una libertad grandiosa. Pero no había tardado en aprender que cualquier indecisión se paga el doble y que las posibilidades se reducen a la mitad.

Así que pedí a Federico instrucciones más precisas de cómo ubicar la farm en la que estaba y le dije que me esperaran al día siguiente a la mañana. Apenas llegué conocí a Alex, el jefe kiwi, a Federico y a Cecilia, su pareja. Y después de un día de mucha charla e intercambio de información de todo tiopo, Alex terminó dándome el trabajo, siempre y cuando me comprometiera a estar un año ahí. Dije que sí, y al día siguiente me puse las botas y a trabajar.


Y así fue que se terminaron mis vacaciones. Y empezaron las vacaciones del blog.


Rafa Deviaje (Devacaciones)