martes, 29 de diciembre de 2015

Museo Nacional de Historia Japonesa

En Ciudad Sakura está el Museo Nacional de Historia Japonesa, y hacia allá fuimos al día siguiente. Esta entrada la hago corta porque si hay gente que se aburre en los museos, todavía se aburre más si lee sobre un museo, pero la verdad es que me re gustó: la entrada estaba 300 yenes (un poco menos de tres dólares hoy día) y nos dieron unos aparatostes con audios en inglés que explicaban todo lo que ibas viendo.

   
  
En ese momento creímos que esto iba a ser una constante en todo Japón, pero nos habíamos engañado: no sólo ningún otro museo fue tan barato, ni nunca más nos dieron (gratis) audio-guías en inglés, sino que en el noventa por ciento de los casos, nos encontramos con carteles y explicaciones en japonés cerrado, sin ninguna traducción en inglés. Puede que este museo, comparados con el Te Papa de Nueva Zelanda o con los muchos museos que visité en Australia, fuera viejito y de tecnología vetusta, pero era muy completo; y no nos perdimos casi nada de información... Más tarde, en otros museos de Japón, suerte si encontrábamos un baño, y si leíamos una fecha ya nos dábamos por satisfechos.



Pero como eso todavía no lo sabíamos, empezamos a recorrer por los primeros humanos que vivieron en las islas (que usaban aros expansores de cerámica y medían menos que los japoneses de ahora), pasando por la época de los samuráis, la guerra contra China y contra Korea, las Guerras Mundiales (un diminuto sector dedicado a las bombas de Hiroshima y Nagasaki), la actualidad, y cosas culturales locas que hacen en algunas festividades.




Contentos, satisfechos, y aprovechando que a Miki no le daba todavía el guillotinazo del jet lag, salimos a recorrer un poco los alrededores de Sakura, perdiéndonos en callecitas empinadas, callejoncitos escondidos, casitas apiladas, templitos y santuariítos, cementerios que se perdían entre el bosque de bambú, y gente que, asombrada de vernos, nos saludaba con una sonrisa y una inclinación. Zarpada, Japón.

































Rafa Deviaje.


martes, 22 de diciembre de 2015

Narita-san

Allá lejos y hace tiempo, apenas iniciada mi estadía en la farm de Alex, en Nueva Zelanda, fue cuando se planteó el viaje a Japón: tres meses a todo lujo lo que se pudiera, viajando con Miki, amigo otaku de la secundaria. Diciembre, enero y febrero, invierno en el Hemisferio Norte, no era mi idea del viaje soñado, pero como las vacaciones de verano en Argentina eran su única opción, acepté rápido la propuesta y empecé a elucubrar en un futurísimo viaje a Japón en primavera.


Así que bueno, un año y un par de meses después de haber arreglado las fechas aproximadas del Japan-trip, allá estaba yo, aterrizando sobre una ciudad cuyas luces seguían hasta más allá del horizonte, y cuya temperatura ambiente no era en nada similar a la del noroeste de Australia.


Miki había llegado unas horas antes que yo y me estaba esperando para saltar al tren e ir a nuestro primer hostel nipón, el Fuji Backpackers, en Narita. Yo había sugerido este lugar para empezar de a poco, no ir salteándose cosas, y para aclimatarnos. Además había visto que Narita tenía bastantes cosas para ofrecer.


El hostel (vieja casita ponja), además de económico, era acogedor. Los alrededores (una calle comercial con fachadas tradicionales) eran pintorescos, el dueño un copado, los dinteles de las puertas muy bajos, las camas calentitas, el WiFi muy rápido. Le pedimos consejo al dueño de casa y nos dio un mapita donde señaló Narita-san, un parque cercano con un complejo de templos y jardines, y un par de shoppings grandes.


En los shoppings empezamos a asombrarnos con el tema de la pulcritud, la altura de los estantes, la fruta y la verdura vendida por unidad, los mil snaks extraños, las golosinas que conocíamos de distintos animés, el exceso de cosas kawaii (para no entendidos: cute, bonitas), los precios en Yenes, la cantidad de gente, los surimasén (disculpe usté), los gomennasai (perdone usté), y los doso (pase usté, después de usté).

Y en Narita-san tuvimos nuestro primer encuentro con esa parte más ancestral de Japón que yo tanto quería ver. Como ya dije, tiene un complejo de templos (la gran mayoría, creo, budistas), los hay más grandes y más chicos, más viejos y más nuevos, algunos con influencias más hindúes y otros más ponjas ponjas. Vimos de esas fuentes donde se lavan las manos antes de entrar (hacía frío así que como buenos budistas herejes, nos saltamos esa parte), vimos las ollas donde queman incienso, los puestitos donde compran sus amuletos y predicciones de la suerte, y hasta tuvimos el ojete de ves, de cabo a rabo, una ceremonia con bocha de monjes y un fuego enorme (adentro del templo principal), en donde bendijeron carteras, mochilas, bastones, y cuantas cosas los feligreses querían tener benditas.


Después salimos a perdernos por los jardines, húmedos y otoñales, con carpas en los estanques, con cementerios y buditas por acá y por ahí, pasamos por otro templito que estaba lleno de molinetes de viento y cosas de nenes (después supimos que era donde las madres que perdían a sus bebés iban a dejar ofrendas), pasamos por una especie de pagoda altísima, visitamos un Museo de Caligrafía en el cual, claramente, no entendimos un choto, y bueno nosotros felices y contentos. Hasta que a Miki le dio el jet lag y se fue a hibernar.



Rafa Deviaje.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Infierno en Innisfail

Caí en Innisfail, pueblo tropical, pueblo rodeado (y hasta invadido) por plantaciones de bananas y caña de azúcar. Para ser más preciso, caí en Walkabout, un working hostel que me habían recomendado hace tiempo.



Para empezar, Innisfail es caluroso. Noches más que templadas y días bochornosos. Siguiendo que el hostel es muy grande, muy sucio, muy lleno de ingleses que no paraban ni un segundo de enfiestar, y medio careli. Pero me consiguieron trabajo bastante rápido: la primera semana fui a parar a una plantación de sandías, y tuve la suerte de que me la pasé manejando el tractor mientras otros cinco infelices levantaban sandía tras sandía.


A la segunda semana fui a parar a una plantación de pimienta. El trabajo era bastante llevadero y sencillo (sacando el hecho de que las plantas estaban infestadas de arañas y hormigas verdes) y en todos los almuerzos nos íbamos a chapotear en un arroyo que había ahí cerquita.

La tercera semana, finalmente, vino el turno de hombrear bananas. Hombrear bananas. Hombrear bananas. Suena pesado, suena agotador, pero no te das una idea de cómo es la cosa hasta que te ponés ahí y empezás a hombrear bananas.

Hombrear bananas.


¿Hago una descripción minuciosa? Sólo aclaro que, antes de que se me acuse de quejoso, me tocó ir a trabajar a la segunda plantación más grande de todo Queensland, y al equipo más duro de todos. Bueno, ahí va.

Me levanto temprano, a las cinco, para tomar un desayuno en la cocina que ya es un sauna, y hacer una caquica liberadora, si tengo suerte y los baños no están todos ocupados. Una combi nos carga a todos y nos lleva a la farm. Allá nos colgamos al trailer del tractor, donde van a ir acomodadas las bananas, y penetramos la plantación que es como una selva enana y prolija. Empezamos a cargar los cachos de banana, que pueden pesar entre quince kilos (los más pequeñitos) hasta ochenta kilos. Un loco con machete tajea un poco el árbol de banana (que por si no sabías es como una palmerita), y yo me cuelgo del cacho para acomodármelo sobre el hombro, y ahí el loco lo corta así yo lo puedo llevar hasta el tráiler, donde otro infeliz lo acomoda y lo ata bien firme. Ahora, si la complicación fuera sólo el peso de los cachos, no estaría tan mal, no. Pero a veces el que corta no lo hace tan bien, sino que te arroja desde lo alto un bodoque sobre la espalda, o te hace sostener durante eternos segundos el peso de todo el árbol que se vino abajo antes de tiempo, o le calcula mal y un cacho de bananas que cuelga a cuatro metro del piso se precipita sobre tu cabeza cual gordo suicida... ¿Qué es peor que eso?


El agua. Ponele que llueve: trabajás igual, sin parar. Incluso está bueno porque te mantiene fresco. ¿No llueve? Te cubrís de sudor en milésimas de segundo, toda la ropa mojada. Además los cachos de banana, que están todos protegidos con bolsas de plástico, acumulan agua en la parte de arriba, agua que baja por tu espalda, la raya del tujes, y se te mete en las zapatillas. Por eso mejor si la zapatilla tiene agujeros. Otra cosa que te empapa constantemente es el jugo propio del árbol, un jugo viscoso que te irrita la piel y, si se te llega a meter en la boca, te genera una sequedad horrible que no se te va con nada. O sea, por si no se entendió: trabajás completamente mojado durante ocho o hasta diez horas, con zonas que se empiezan a paspar y arden como tortura china, hombros que se aplastan, remera que se pegotea por todos lados, arañas murciélagos y ranas, cuestarriba y cuestabajo cargando cadáveres de bananas sobre el barro y los yuyos que te pinchan las piernas, tragándote telarañas, asándote bajo el sol, siguiendo adelante solo porque sos muy orgulloso y porque los otros locos de mierda de tu equipo se la pasan haciendo chistes y revoleándote bananas inmaduras desde el tráiler.



Orgullo, sí, orgullo de mi propia fuerza de voluntad. Porque vi musculosos de gimnasio renunciar a media mañana en su primer día. Porque a pesar de los padecimientos, se siente bien volver al hostel, pegarte una ducha de media hora (creeme que la grela que te dejan los árboles de banana no se te van en una simple ducha), manducar algo (durante un mes mis almuerzos fueron sanguchitos y mis cenas, noodles instantáneos) y acostarte a reflexionar que si sobreviviste una jornada más, es posible, probable, que sobrevivas cualquier cosa.

Terminadas cuatro semanas en el hostel Walkabout, volví por unos días a Nethergreen, a reponer energías y llenar el buche, y me preparé para enfrentar mi próximo destino: tres meses en Japón.



Rafa Deviaje.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Descanso en Nethergreen


No lo supe yo, pero esa primera noche en Nethergreen (el nombre que le venía puesto a la casa que solía ser escuela rural), antes de ser mordido por la serpiente, Choco me dio el pase que hacía falta para entrar al corazón de aquella familia: mientras charlábamos en la penumbra, se vino a echar a mis pies. Ivan tenía plena confianza en el criterio del perro: Choco, me dijo, se acostaba sólo cerca de personas que fueran de fiar, y desconfiaba naturalmente de cualquier sospechoso.


Por eso, en el corazón de la conmoción por tener a un perro agonizando en la veterinaria, Ivan vino con la idea de que podía ayudarlo a hacer una pequeña huertita para vegetales, atrás de la casa, mientras veía dónde podía conseguir un trabajo en serio.


Y así empecé: después de tres o cuatro días de duro trabajo bajo el sol que calentaba de lo lindo, la huertita estuvo hecha, con sus surcos, su corralito protector y su sistema de irrigación instalado. Choco volvió de la veterinaria después de casi cuarenta y ocho horas inconsciente, débil, estresado, traumado. E Ivan me señaló el pequeño bosquecito que creía en cada esquina del terreno: si tenía ganas (no tenía que sentirme obligado), podía quedarme más tiempo, mientras podaba aquellas arboledas, sacando árboles jóvenes y podando los demás a una altura de dos metros, para que los nenes pudieran jugar ahí sin temor a serpientes escondidas.


Respiré profundo, respiré aquel aire de montaña tan cálido de día y tan fresco de noche, tan lleno de humedad y de polvo, y dije que sí. La tarea me llevó un mes: durante seis años la casa había estado descuidada, y los bosquecitos eran pequeñas junglas.


Durante ese mes vi insectos de todo tipo, arañas de todo tipo, pájaros varios, y en los ratos libres jugaba con Luke y Olivia, charlaba con Ivan y Amanda, iba a pasear con ellos a unos laguitos, a un bosquecito, a nadar al río, a comer a restaurantes simpáticos.


Terminada la deforestación (que dejó una pila de madera de, calculan los expertos, entre siete y diez toneladas) vinieron días de reposo y de lluvia, de básquet y de tenis, de fútbol y de cama elástica, de darle una mano a Ivan con esto y aquello, de hablarle de películas que había visto y escuchar historias que él había vivido, de escribir y leer mucho, de sol poniéndose sobre las montañas y de siestas en hamacas, de olvidarme que el tiempo pasaba...


Fueron casi dos meses los que pasé en Nethergreen. La suprema tranquilidad, la selva en las colinas que se esfumaban en el horizonte, los chapuzones en el río, las ocurrencias de Luke y Olivia, las infinitas anécdotas de Ivan, me habían atrapado.


Pero supe que ya era hora de despedirme, prometer que volvería a saludar, darle un último mimo a Choco, y tomármelas: bajar la montaña otra vez camino al mar, y buscar un trabajo que me permitiera aplicar a la extensión de mi visa. Innisfail, aquel pueblo bananero al que me dirigía cuando Ivan me levantó en la ruta, en las afueras de Townsville, seguía siendo mi destino.



Rafa Deviaje.

sábado, 31 de octubre de 2015

Bienvenido a North Queensland


Recuerdo que salir de Townsville resultó una pesadilla. Pregunté por un bondi que me dejara sobre la ruta principal, saliendo hacia el Norte, y me tomé el que recomendaron. Recuerdo que hacía calor, y recuerdo que le chofer hablaba un inglés inentendible y parecía medio boludo. Cuando le expliqué mi situación y le pedí si me podía avisar cuando me tenía que bajar, dijo que sí sí, pero después nunca se acordó. Y cuando me paré a preguntarle qué onda, me dijo acá acá, y le creí. Bueno no, no era ahí ahí ni a palos, nadie iba a parar nunca a levantar a un mochilero. Terminé tomándome otro bondi y volviendo al mismo lugar de donde había partido esa mañana. Revisé el mapita de los recorridos con ojo experto y terminé tomándome otro bondi hacia una especie de estación de intercambio. Ahora, este otro chofer, sin dudas con las mejores intenciones, me indicó en un momento que me tenía que bajar, pero una vez en la vereda vi que no estaba en estación de intercambio. Tomé otro bondi más y llegué a ese pequeño shopping donde casi todos los bondis tienen nido, y tras media hora de espera finalmente pude tomarme aquel colectivo que me iba a dejar en las afueras de la ciudad. El cual terminó dejándome como a un kilómetro y medio de donde yo podía ponerme a hacer dedo, porque claro, entrando en la autopista el colectivero por más buena onda que sea, no se va a frenar por vos. A todo esto eran casi las cinco de la tarde.



Caminé a la vera de la ruta con coches y camiones abanicándome al pasar. Puteaba por lo bajo cuando tuve que esperar una pausa en el tráfico para cruzar corriendo un puentecito sin pasarela peatonal. Pero finalmente llegué ahí, a ese cruce de caminos donde la ruta principal ya es una sola que dispara derecho al Norte. Bajé la mochila al piso, alcé el pulgar, y a los dos minutos paró una camioneta enorme con un tráiler. Sensacional.




Era Ivan el que me levantó. Mánager de construcción, o sea jefe de jefes. En seguida me inspiró confianza, sobre todo porque se notaba, en su mirada que se concentraba en el camino, que me estaba evaluando atentamente. Nada que ver con los que te levantan esperando escuchar historias copadas que no tenés, o porque quieren saber cómo te las arreglás para vivir con lo que entra en una (dos) mochilas.



Debí pasar la prueba, porque cuando le dije que quería llegar a Innisfail para trabajar en las plantaciones de banana, me explicó que él vivía cerca de Atherton, lugar de granjas y tambos. ¿Puedo ir con vos hasta allá? Me dijo que sí, y me invitó a pasar una noche en su casa, con su mujer y los dos hijos de ella. Y de camino allá me advirtió, como buen local, que tuviera cuidado con las serpientes, porque empezaban a salir al mundo después del invierno.



Nos alejamos de la costa montañarriba y llegamos bien tarde a su casa, que supo ser una escuelita rural y tenía un predio enorme, cancha de tenis/básquet/netbol, baños en un edificio a parte y una mini cancha de cricket. El primero en aparecer no fueron los hijos (de siete y ocho años) ni la mujer, sino Choco, su perrito de tres patas. Sacudiendo la cola, oliéndome y buscando mimos.



Pude ver otro perro atado a un poste, perro de amigos que se habían ido de vacaciones y que hacía estragos si quedaba suelto. Choco no hacía eso, él era el perro inteligente. Cenamos y nos quedamos hasta tarde charlando. Bah: escuchando a Ivan contar historias de los trabajos que hizo alrededor del mundo, de las boludeces que hacía de pendejo, de autos, de animales, de cazar camellos, saltar en paracaídas a la noche y pilotear helicópteros, de choques de autos y demoliciones en Medio Oriente.

Me fui a dormir feliz. Pero a la mañana siguiente, cuando me despertó el sol, encontré a la familia un poco triste: durante la noche, el perro de sus amigos había muerto. Probablemente, dijo Ivan, una serpiente. Y media hora después, cuando yo todavía no había terminado el desayuno, escuché gritos y llantos y apareció Ivan con Choco en brazos y convulsionando: Olivia, la menor, había pasado cerca de la serpiente y Choco saltó a ladrarle para advertirle y ¡zas!, se ligó el mordisco.




Corrí a abrirle la puerta de calle mientras salía apurado en la camioneta, y unas horas después volvió con cara un poco amargada. Choco estaba mal, muy mal, cerquita de morir después de dos infartos, y sin despertar. La serpiente se había escabullido. Si Choco se muere, me preguntó Luke, el varón, ¿se va a ir al cielo?. Yo no sabía dónde meterme.

"Es la primera vez que nos pasa algo así", dijo Amanda, su mujer, y me parecía difícil de creer. "Bueno", añadió Ivan, recuperando un poco su buen humor, "bienvenido a North Queensland".





Rafa Deviaje.

jueves, 1 de octubre de 2015

Hello Australia


El once de agosto llegué a Melbourne, ciudad hermosa llena de callejones lindos, arquitectura deslumbrante, cultura y música que desborda desde cada pared y cada abertura. En Melbourne descansé una semana, paseando, comiendo mucho por poca plata, foteando y escribiendo, antes de agarrar viaje hacia el norte. A dedo.




Me habían dicho que hacer dedo estaba prohibido en Australia. Investigué un poco y descubrí que no estaba cien por ciento prohibido, pero que tenía mala fama: hace más de treinta años hubo una serie de asesinatos, y el estigma había quedado ahí gracias a la película Wolf Creek. De todos modos decidí que necesitaba de mi propia experiencia.

Era mentira. En Nueva Zelanda la gente está acostumbradísima a levantar mochileros y parece no costarles nada desviarse para dejarte donde vos tenés que ir, pero acá no son tan facilitadores en ese aspecto. Pero sí mucho más amistosos que el kiwi promedio.



Pasé una primera noche en carpa y no me picó ningún bicho letal ni fui devorado. Llegué a Canberra, capital del país, y me alojé con un huésped de Couchsurfing oriundo de Burma. La ciudad es interesante, desde su Memorial War, su Parliament, sus muchos museos estrambóticos y el diagrama de sus calles. Pero tiene un punto débil: del lado donde está el Parlamento y todas las embajadas no hay un puto tacho de basura.



Allá me fue a buscar un antiquísimo amigo de mi viejo y me paseó a nivel de lujo hasta Sydney, pasando por playas hermosas y comiendo rico. Pasé unos días en Bondi Beach, quizás la playa más popular de Australia, y otros en Manly Beach. Recorrí el centro de la ciudad más grande de Oceanía, me enamoré del Opera House, caminé ida y vuelta sobre el Harbour Bridge, me colé en una muestra de arte en un museo, miré el horizonte ansioso de ver Finding Dory el año que viene, encontré una placita diminuta con esculturitas diminutas.



Y seguí rumbo al norte. Mi pulgar me llevó a conocer gente muy interesante, muy amable, muy amistosa, muy predispuesta a comunicar lo que sea que quieran comunicar, gente llena de historias. Gente con la que llegué a viajar setescientos kilómetros ininterrumpidos. Y hasta un policía me dio un aventón.





Empezó a hacer calor. El calor que tanto había anhelado entre las nieves Neozelandesas. El agua se puso cálida. Esperar a la vera del camino se volvió pesado después de Brisbane (ciudad hermosa a la que apenitas recorrí), y después de la tropical Townsville, usar bloqueador me pareció fundamental.



Entonces tuve suerte: a la salida de Townsville me recogió Ivan, un mánager de construcción. Le dije que iba hacia Innisfail, donde esperaba poder hacer mis ochenta y ocho días de trabajo de campo para extender mi visa, y él me dijo que me podía dejar cerca, pero que iba hacia Atherton. Y por lo que me contó de Atherton, decidí que podía probar suerte ahí, y me invitó a pasar la noche en su casa. En ese momento las cosas cambiaron...

Para ese entonces llevaba casi un mes en Australia, había recorrido más de tres mil quinientos kilómetros a través de los estados de Victoria, Capital Territory, New South Walles y Queensland, y había visto canguros, wallabies, emús, wombats muertos a la vera del camino, cacatúas y otros loros coloridos, lagartos varios.


[Bonus: Nueva Zelanda versus Australia]

[Son muy parecidas si las comparo con mi natal Argentina, pero con leves diferencias cuando se las compara entre sí.]
[Para empezar, el acento australiano se me hace un poco más entendible que le kiwi, y si bien ambos son generalmente buena gente, el aussie es más llevadero y preduspuesto a caerte bien, te va a salir a dar charla de una. Por otro lado, Australia no es tan calma como Nueva Zelanda: acá tocan bocina, gritan, aceleran a fondo y se putean un poquitito más.]
[En cuanto al tráfico es casi igual. La mayor diferencia es el tema de las distancias: en Nueva Zelanda todo está a dos horas y media en auto, todas las rutas zigzaguean, y los cruces peatonales están señalizados con redondeles naranjas. En Australia las distancias son infinitas punto rojo ida y vuelta, la mayor parte de las rutas son rectas, y los cruces peatonales son redondeles amarillos con el dibujo de dos piernas con mocasines.]
[Nueva Zelanda se jacta por no tener predadores naturales (salvo un halcón), y absolutamente ninguna criatura silvestre capaz de matar a un humano. En Australia tenés, por supuesto, tiburones, cocodrilos, serpientes y pitones, arañas y escorpiones. Pero también me enteré que hay que cuidarse de las medusas en el verano, de unos pulpitos venenosos, del pez piedra, de los cienpieses, de algunas plantas venenosas, de un pájaro llamado casuarin al que le gusta destripar gente, de pequeños parásitos... Honestamente, le desconfío hasta a las mariposas.]
[Por último, cabe aclarar a la muchachada que las minas en Australia están mucho mejor que en Nueva Zelanda. Muchísimo.]


Pero recién al día siguiente, cuando amanecí en lo de Ivan y su familia, empecé a comprender cómo era la relación entre el australiano y la naturaleza fuera de las grandes ciudades. Australia, me di cuenta, es un país salvaje.


Rafa Deviaje.