jueves, 19 de mayo de 2016

Sayonara Japón


Me acuerdo lo que fue verlo a Miki al otro lado de la puerta de arribos en Narita, esa noche en que llegué, y me acuerdo que llevaba dos semanas en Japón cuando finalmente me vi las uñas y no encontré en ellas marca de la suciedad de las bananas de Innisfail.



Me acuerdo la infinidad de situaciones en las que le reproché a Miki que estaba en Japón, no en Argentina, que lo más interesante estaba afuera de la cama, afuera de la pantalla de la PSP, afuera del chat con su novia; recuerdo repetirle que, a doce mil kilómetros de distancia, una respuesta puede esperar, pero que cada minuto en tierras extranjeras no se repite. Recuerdo haber apurado el paso y verlo desesperar cuando se debilitaba el Wi Fi que le compartía. Ah, qué buenos momentos. Me acuerdo también la infinidad de veces que me hizo la gamba cuando yo quería ir a un lugar que él no, o cuando yo me paraba a sacar fotos como tarado. Sí, buenos recuerdos.


Recuerdo que Miki se cortó el pelo con mi maquinita y por un mes sus pirinchos daban gracia y vergüenza. Recuerdo cuando se puso alegre con unos vasitos de sake con oro flotando. Recuerdo cuando lo arrastré por veinte kilómetros mochilas a cuestas. Recuerdo cómo no pasaba un día sin que señaláramos algo, sorprendidos. Me acuerdo cuando se mareó en el micro que iba por la montaña y me acuerdo que, aunque lento para ordenar comida, siempre terminaba encontrando algún plato más copado que el que yo me acababa de pedir. Me acuerdo de la hospitalidad excesiva de mis amigas y sus familias: Ikue, Shuko, Emi, y de lo infinitamente que mejoraron el viaje el conocerlas.


Me acuerdo también de hacer una lista infinita de curiosidades niponas para compartir, pensando que no importa cuán larga se volviera, nunca iba a abarcar la totalidad: cada viajero en esas islas va a encontrar sus propias curiosidades. Igual la hago, por si nunca tenés la suerte de ir. Acá va:


En Japón, cuando comprás un paquete de lo que se te ocurra, viene con abrefácil (y funciona) y probablemente esté pensado para que lo abras y lo cierres y se mantenga parado solito y no haga ruido. Además si es algo tipo galletitas, papitas, arroz inflado o similar, siempre siempre siempre tenés un poronguito que absorbe la humedad.


En Japón las porciones de ingredientes que comprás en el súper son minúsculas, y la fruta se vende por unidad, no por kilo (las frutillas también, no te jodo). El pan lactal viene de a medio paquete y las latas de gaseosa son tan chiquitas que ni te sacan la sed. De hecho, en Japón, lo único que viene en paquete grande es el arroz.


En Japón hay muchos más barbijos de lo que te muestran los animés, tal vez sea para prevenir enfermedades, tal vez para ocultar los dientes feos que tienen, pobres ponjas. No sé si los dentistas en este país son ricos o indigentes. Lo que sí, en Japón los cepillos de dientes son una verga, chiquititos y muy blanditos. Por eso, si vas a viajar por un tiempo largo allá y te gustan los buenos cepillos de dientes como a mí, llevate un par de repuesto. Haceme caso.




En Japón las cosas cierran temprano. Con decirte que en Tokyo el transporte público muere a medianoche. Pero los pocos comercios que atienden hasta más tarde, te indican que están abiertos hasta las 25, 26, y hasta las 28 horas.


En Japón aman los kairos (paquetito que se calienta en tu bolsillo) y están tan orgullosos de ellos como del Shinkansen (tren bala), del cual podés encontrar muñecos tipo animé, mochilas, medias, souvenires varios, corbatas y juguetes.


En Japón podés encontrar carteles con fotos de los criminales más buscados (aunque se ven todos iguales). En Japón hay maquinolas en las que te metés con amigos y te sacás montón de fotos y todos aman esas maquinolas. Hay algunas en las que si sos varón no podés entrar, salvo que estés acompañado de una mina.


En Japón la gente se va a inclinar cuando te conoce, cuando les hacés un favor, cuando te hacen un favor, cuando el tren llega tarde, cuando un empleado del ferrocarril pasa de un vagón a otro, cuando un avión está por despegar, cuando un avión aterriza, cuando entrás a un hotel, cuando vos lo saludás inclinándote porque sí, para ver cómo reacciona.


En Japón, algunas estaciones de tren tienen parlantitos piando como pajaritos. Se me ocurre que es porque en Japón (como explica mi película preferida de estudios Ghibli) no hay naturaleza sin domar: mires donde mires el nipón antiguo o el moderno metieron la mano, amoldaron, domesticaron e hicieron eficiente. Y de repente les dio nostalgia. Tanto es así que me la juego a que no ves ningún arbolito que no esté podado artísticamente en ninguna casa ni parque.


En Japón parece que nadie pone las manos en el fuego por nada: incluso en los museos de historia (y adónde sino ahí) te dicen cosas como "ha sido dicho que fulanito fundó esto en blablabla" o "se cree que tal secta budista blobloblo". Y si un japonés te dice algo de forma muy categórica, lo más probable es que le añada un tabun al final, que se traduce como "quizás" y se entiende como "estoy re seguro de que es así pero por si acaso la Wikipedia diga otra cosa". Es más, en Japón, los desinfectantes matan el 99,8% de las bacterias, fijate.


En Japón es común que la tele muestre por defecto dos pantallas: la principal y otra en la que te muestran las reacciones de los animadores o quien sea, que también está viendo lo que vos ves, y a veces la gracia está en la pantalla chiquita y no en la principal.



En Japón, al salir de un subterráneo generalmente encontrás una baldosa que te señala los puntos cardinales, y está genial. En Japón, en las ciudades, hay muchos mapas por cada zona, pero no te dejes engañar: no usan el Norte arriba por defecto, así que revisá eso antes de mandarte a caminar.



En Japón vas a ver gente durmiendo en uno de cada tres autos estacionados. Clavado. En Japón, los autos son chiquitos por fuera, confortables por dentro, tienen todos idénticos espejos retrovisores y, si son de los coches ecológicos, se apagan solos cada vez que frenás y vuelven a arrancar por sí mismos.



En Japón las estaciones de servicio suelen ser chiquititas y, para ahorrar espacio, tienen los surtidores colgando del techo.


En Japón, apenas te alejás, empezás a encontrar parchecitos de huerta en cada recoveco sin construir, y generalmente son viejitos retirados los que se encargan de mantenerlos. También vas a encontrar viejitos en locales en medio de la nada, vacíos pero abiertos al público.


En Japón se come rápido rápido rápido que me desesperas, y no existe la sobremesa. ¿Quién quiere perder tiempo comiendo cuando podrías estar trabajando, o pretendiendo trabajar? También, en Japón, hay una franquicia que se llama Lotteria pero que no vende Loto ni Quini 6: es un cadena de comida rápida. La comida ahí zafa bien.


En Japón se tocan la punta de la nariz cuando hablan de sí mismos, y parecen medio nabos aunque no lo sepan. (Ah, y si alguien sabe que tiene mal aliento, te va a hablar tapándose la boca. Jeje.)


En Japón hay un abuso y exceso de hobbies... pero la verdad está buenísimo. ¿Te gusta el animé? Este es tu paraíso. ¿Te gusta el manga, los cómics, los jueguitos? ¿Te gusta batear pero no jugás al béisbol? ¿Te gusta armar rompecabezas, ensamblar barquitos, aviones, tanques de guerra, trencitos? ¿Te gusta jugar a máquinas de fichines que son re raros y sólo existen en Japón? ¿Te gusta el pachinko? ¿Te gusta sacarle fotos a los trenes? ¿Te gustan las flores? ¿Te gusta todo? ¡Acá tenés de lo tuyo, comprá comprá comprá!


En Japón no hay tanto de esa idea futurista robótica súper tecnológica que solemos imaginarnos... Sí, hay bares y hoteles atendidos por robots, sí, tienen un museo de tecnología con robots que te dan charla (y el muy puto estaba cerrado cuando yo fui), pero no todo es mágico ni todo vuela. De hecho, en Japón, se siguen moviendo en trenes viejos y siguen usando tractorcitos del año del pedo: lo que sí, esos trenes y esos tractorcitos se mantienen mejor que Madonna. Una vez, para cobrarnos una comida, vimos a la viejita haciendo la cuenta con un ábaco.


En Japón, eso sí, vas a encontrar la mejor tecnología del mundo aplicada a las cosas mundanas y ordinarias: desde las tapas de inodoro que se calientan solitas y te tiran el chorrito del bidet calentito y hacen musiquita por si te estás cagando fuerte; tachos deshidratadores para los residuos orgánicos que de otra forma tiran mal olor; asientos extras escondidos en los trenes; y lo que se te ocurra: en Japón ya lo pensaron, lo midieron, le encontraron una solución ingeniosa y entró en aplicación hace años.


En Japón la gente promedio espera llegar tranqui a los ochenta y noventa, probablemente más. Y de ahí que vas por la calle y te encontrás a vejetes decrépitos en joggineta, viejitas encorvadas en bici, pelotones que parecen escapados del geriátrico pero que, en realidad, se van a escalar el Monte Fuji. O jubilados que, con tanto tiempo libre entre manos, no tienen mejor idea que aprender piano, español, ruso y catalán.


En Japón, cuando pedís indicaciones, es muy probable que termines siendo arrastrado de la mano hasta tu destino, y creeme, una vez que diste el primer paso, el resto del recorrido es inevitable.


En Japón te das cuenta de que la comida argentina es monótona: nos gusta que sea tierna y masticable, salada o dulce, y helado de postre. Al ponja le gusta la variedad: pescado crudo de texturas diversas, calamar vomitivo, salado y duro, wasabi quemacerebros, sopas viscosas, chocolate de por medio, pan súper esponjoso, cosas semi-muertas, vegetales fritos, y arroz (arroz siempre, nunca falta). Ah y esto era de desayuno, aclaro.


En Japón es común y usual y esperable recibir regalitos de parte de todo el mundo, por lo cual, si vas a viajar allá, te recomiendo llevarte una buena cantidad de pelotudeces (monedas, estampitas, golosinas, lo que quieras) para dar a cambio y quedar como un campeón. Te van a amar, te lo aseguro.


En Japón, descubrí, entienden la imagen de forma muy distinta a como lo hacemos nosotros: un control remoto de un aire acondicionado o los botones de un lavarropas no van a tener pequeños íconos entendibles por toda la humanidad, sino que van a tener intrincados kanjis ilegibles. Por otro lado, en la calle, no van a tener una señal amarilla o colorada indicando que mires a los nenes que van al colegio antes de cruzar, no: van a tener dibujos de nenes (tamaño real) que exclaman como si ya los hubieras atropellado. Y así resulta ser todo: mezcla de imágenes complejas y literales con kanjis que son palabras pero parecen dibujos sintetizados y qué sé yo tres meses allá y todavía no entiendo nada.


En Japón casi toda persona va a conocer los principales atractivos turísticos de cada prefectura del país entero, aunque jamás los hayan visitado.



En Japón vas a encontrar montones de espejitos por todos lados: esquinas sin ochavas, salidas de garage, curvas pronunciadas en una montaña, y también a los costados de las vías del tren. Y creeme que si querés arreglarte el jopo vas a poder mirarte lo más bien: ese espejito va a estar limpito.



En Japón tenés autopistas increíbles y acústicamente aisladas que atraviesan valles por los aires y atraviesan montañas por túneles inmensos. Y en esos túneles vas a encontrar, siempre, pequeños molinillos de viento que giran y giran para mantener limpios unos circulitos reflectantes que, en caso de que haya un armagedón y se corte de la luz, te van a guiar hasta la salida. ¿Querés algo más copado? En Japón tenés programas en la tele que, en vez de chimentar todo el día sobre la farándula (aunque me parece que para ellos la farándula son los cómicos nomás), cada tanto paran y te explican cosas como esa: ¿para qué son los circulitos al costado del túnel?, ¿cómo fabrican los barcos los ponjas?, ¿cómo se protegen los puentes en caso de terremoto?


En Japón todo el mundo, desde nenitos de dos años a hombres serios (y no importa si son serios padres de familia, empresarios o tristes oficinistas), todo el mundo hace la V con los deditos al sacarse una foto. Y vos también lo vas a hacer, es inevitable. (O sino sos muy ortiva, capaz.)


En Japón te vas a cruzar a mil perros shiba (alias doge) de distintos tamaños y colores (bah, color doge o blanco y se termina el catálogo). Pero también te podés encontrar con gente paseando perros malnutridos, carcomidos por la sarna, más zombies que vivos. O quizás yo tuve mala suerte de cruzarme a esos locos.


En Japón el kawaii es cosa seria. Tenés personajes kawaii que te indican cómo comportarte en el andén si ves a un borracho. Tenés vayas de contención kawaii rodeando obras en construcción. Tenés carteles kawaii que te venden cosas. Tenés aviones y trenes kawaii. De lo que te imagines, tenés una versión kawaii.


En Japón está muy mal visto comentar nada sobre extraños en lugares públicos, ni ahí señalar disimuladamente y reírte. O sea sos lo peor si lo hacés. Ah, me olvidaba: en Japón, por cuestiones de respeto, los celulares van en silencio absoluto en trenes y plataformas, ni se contestan llamadas, ni se escucha música con auriculares si están cerca de los asientos reservados, ni siquiera se habla en voz alta con quien tenés al lado. Ahí sí que tenía una excusa seria de decirle a Miki que largara el celu: o parás un toque con tu novia o nos mandan presos.


En Japón las escuelas y Universidades suelen estar allá lejos de todo: sobre la montaña, en medio de la nada, en una isla aparte. Está bien que tengan déficit de espacio y les guste hacer instituciones enormes, ¿pero para taaaanto che?



En el japonés existen pocas palabras de connotación negativa, y no se usan si no hay odio o bronca de por medio. Y un japonés embolado (y sobrio) va a expresar todo su embole con un "¡moo!" y listo, acata la que le viene. Será por eso, de tan contenidos y cuidadosos que son, que pierden toda compostura durante sus festivales (y, creo yo, en menor medida, cada vez que van a gritar y hacer ridículo sin vergüenzas al karaoke, lo cual me parece genial).


En Japón no son muy directos que digamos. Ya se ve en los animé: esperan que cantando con el alma, mirando el cielo o suspirando con ganas sus deseos, intenciones y sentimientos se manifiesten a sí mismos frente a sus destinatarios. Bueno, difícilmente te encuentres con eso en la vida real, pero creeme que podés encontrarte en situaciones en las que no entendés ni jota de lo que está pasando y nadie te va a querer explicar nada.



En Japón la hospitalidad tiene reglas de oro. Sea en un hotel, en un hostel, en una casa de familia o en el supermercado, cualquier comentario que hagas, cualquier favorcito que pidas, cualquier duda que quieras evacuar, puede terminar en una Cruzada: es su deber satisfacer cualquier necesidad por pelotuda que sea.



En Japón hay máquinas expendedoras. Vayas donde vayas. Si estás en la gran ciudad, dale la vuelta a una manzana y mínimo te topás con cinco. Andá al campo y, en medio de la nada (literalmente, o sea ahí al lado de la ruta donde no hay más que arrozales y montañas), tenés cuatro juntitas haciéndose compañía. Y en estas maquinitas no sólo encontrás bebidas frías y calientes, también tenés otras con alcohol (botella de 3 litros de sake incluída), y algunas que te venden noodles, soba, papitas...


Y no sé si en todo Japón pero sí al menos en Tokyo, te apuesto lo que quieras a que, en cualquier punto de la vía pública que te detengas a mirar, vas a encontrar a la vista al menos tres bicicletas; y probablemente veas pasan un ciclista en alguna esquina. Yo hice la prueba y es verdad.


Terminada la lista, me acuerdo que en nuestra primera noche nipona, con Miki nos cruzamos a un español que decía que el japonés es de una raza superior. Yo pensé muchos chistes al respecto en ese momento, pero al cabo de un tiempo (y especialmente después de Hiroshima) tuve que coincidir con él.



El japonés es superior en muchísimas cosas, pero de todas esas yo me quedé con ganas de imitar una: estar siempre dispuesto a darle una mano al extraño que hace dedo, que pide instrucciones, que te pide un favor. Aunque más no sea para que no me incomode la próxima vez que alguien me hace una gauchada extra sin pedírsela. Aunque más no sea para incomodar yo a alguien más, tirarle la primera ficha del dominó.


Y otra cosa que me acuerdo bien claro fue que, al bajar los escalones del edificio de departamentos donde nos alojamos con Miki por última vez, yendo hacia al Museo Ghibli, fui consciente de que cada escalón me alejaba un paso más de aquel mundo que yo había dejado atrás hacía casi dos años y al cual no le había vuelto a ver el rostro. Salvo, claro, Miki.


Y ahora sí, en este blog se terminó Japón. Ya puedo ver una serie de animé y reconocer lugares, marcas y comidas, y vos ya podés salir a presumir con la gente las boludeces que aprendiste sobre este formidable país gracias a...




...Rafa Deviaje.

Misión cumplida: Museo Ghibli en Mitaka

Mi último día en Japón no fue un día fácil. Fue un día contra reloj.


Resulta que teníamos muchas ganas, con Miki, de ir al Museo de Estudios Ghibli, creado por el famoso Hayao Miyazaki (Sen to Chihiro, Totoro, Porco Roso, Ponyo, Nausicaa, Mononoke, etc.) y el grande Isao Takahata (Hotaru no Haka, Omoide Poro Poro, Pompoko, Kaguya Hime, etc.). En nuestra breve primera estadía en Tokyo no pudimos ir al Museo porque nos dimos contra una pared inesperada: lo complejo que es sacar una entrada. Recién cuando estábamos en Hiroshima mi amiga Emi me pudo explicar paso a paso cómo proceder.


Bueno, por si alguna vez quieren ir al Museo Ghibli, yo les explico acá lo que Emi me tradujo: primero, las entradas se sacan por adelantado y a través de unas maquinolas que están en todos los Lawson del país. El día diez de cada mes se abren los cupos para todos los días del mes siguiente. Ahora, cuando estás ahí en la maquinita, tenés que elegir el día y un horario de entrada: a las 10, a las 12, a las 14 o a las 16 horas. Lo mejor es ir temprano, porque cierra a las 18. ¿Qué pasa? Los cupos para entrar antes del mediodía se agotan enseguida.

La entrada yo la saqué el once de febrero, en Nagoya, para ingresar a las 12 en punto del mismo día en que mi avión dejaba Narita, ocho horas después. Me hubiera gustado ir el día previo, pero los martes el Museo está cerrado. Pagué los mil yenes que cuesta la entrada y crucé los dedos para que se me diera el ir al museo y no perder mi vuelo.


Bueno, la hago rápido: pude. Lo dejé a Miki terminando de armar sus valijas para ir a tomar su avión, y me fui con mis yenes contados hacia la estación de Mitaka en tren. Llegué a pata al Museo y me puse primero en la cola. Nos abrieron las puertas quince minutos antes de las doce, chequearon mi reserva, me dieron la entrada para el mini-cine (que es 3 fotogramas de una de sus películas, a mí me tocó Ponyo), dejé mi mochilota donde guardan carritos de bebés, y me volví un niño en una juguetería. En una juguetería tipo la Juguetería Duncan de Mi pobre angelito 2.

Porque el Museo de Ghibli hace honor a la calidad de sus películas.


El edificio está pensado de cero y no se le escapa detalle. Ya sólo la ubicación, en un parque enorme pero cerca del centro de Tokyo, es un lujo. Y llegar y ver una falsa boletería donde hay un Totoro gigante esperándote, y muchos Makkuro Kurosuke apiñándose para espiar afuera por una ventanita, me llenó la panza de magia.

Desde afuera se ven las paredes cubiertas de enredadera, una escalerita espiral, un patiecito hermoso, la cabeza de un robot gigante en la terraza... Pasás la puerta de entrada y llegás al corazón del Museo, con muñecos, con tronos, con puentes que se te cruzan por arriba, con música y sonidos familiares. Eso sí: ni un sólo flash. Por cuestiones de disfrute y respeto, sacar fotos adentro del Museo está totalmente prohibido, y aunque lloraba por sacar la cámara cada cinco segundos debí someterme a la sabia voluntad de aquellos maravillosos creadores.


En ese primer nivel hay un pequeño cine, con tres funciones por hora, donde pasan un corto original. No sé si es siempre el mismo, pero al menos el que yo vi me encantó: es la aventura de una chica que se va al bosque y ofrece manzanas y noodles instantáneos a las distintas fuerzas de la naturaleza y deidades para abrirse paso, e ilustra una filosofía hermosa.

En el lado opuesto al cine hay un salón oscuro donde se detalla y explica de forma totalmente gráfica el funcionamiento del cuadro por cuadro en la animación tradicional, y tenés proyecciones con loops eternos, proyectores que sólo funcionan si vos le das cuerda, e incluso una animación hecha con muñequitos inspirados en Totoro que te hipnotiza... Honestamente te hacés pis encima.


Al segundo nivel podés subir por una compleja escalera y pasadizos ocultos, por la escalera principal o por el ascensor. Y ahí tenés, de un lado, un laberinto para nenes, un manga original y enmarcado para ir leyendo paso a paso (si sabés japonés, obvio), y una maqueta enorme y zarpada basada en la película de Lupin III: el Castillo de Cagliostro. La viejita de seguridad, al ver mis ojitos brillantes, me llamó la atención y, con el placer de pasar un secreto, me mostró un pequeño circulito que había allá abajo del pedestal de la maqueta. Puse el ojo donde me indicaba y vi (spoiler) el tesoro sumergido que Lupin III buscaba en Cagliostro. Genial genial genial.


Del otro lado, en ese segundo nivel, tenés un pequeño tour por lo que sería el estudio de animación originariamente. Y es, a mi parecer, la parte más fantástica del Museo: en tres habitaciones contiguas, chiquititas y plagadas de magia, te exponen todo el trabajo duro detrás de cada película animada: las paredes tapizadas con capas y capas de bocetos, estudios de color, diseño de personajes. Libros enteros con fotos de locaciones, objetos, escenarios. Los storyboard completos de algunas de las películas más célebres. Escritorios llenos de pinceles sucios, lápices, tintas, hojas y más hojas, herramientas, muñequitos. Una biblioteca con tomos en japonés, inglés, italiano, alemán, cubriendo desde literatura clásica, filosofía y manuales de animación. Tenés cofres y cajones para abrir y explorar, tenés frascos llenos de lapicitos diminutos de tanto usar (tenés incluso varios de esos mini lápices a los que pegaban con cinta, culito con culito, para no desperdiciar ni un poco), tenés ceniceros con miles de colillas de cigarrillos, tenés tazas de café y de té, tenés las manchas de la base de las tazas, tenés la magia de un creador de historias expuesta con cuidado y deleite.


En el tercer nivel tenés, de un lado, el negocio (con peluches de lo que se te ocurra, merchandaising terriblemente original, algunas chongadas como aritos de plástico y otras genuinas piezas de arte, como un Castillo Vagabundo de metal que se abre en un montón de cajoncitos ocultos). Y del otro lado hay un gato-bus enorme para meterte adentro (de nuevo, sólo para nenes), y una pequeña librería.

Tenés, además, el acceso a la escalera exterior, que te lleva a la terraza donde hay un pequeño jardín y una escultura tamaño real de uno de los robots de Laputa (sí, qué le vamos a hacer, no pensaron en español cuando nombraron esa película). Zarpado zarpado zarpado.


En un anexo del edificio principal tenés un patiecito de descanso, con una bomba manual de agua y plantitas y regaderas, y un patio de comidas (carísimo y demasiado lleno de gente). Aunque no tenía intenciones de almorzar ahí (o sea, aunque quisiera, tenía los yenes justos para llegar al aeropuerto), fue genial que tampoco se escapaban detalles en la decoración.

Y después está el resto: los baños que son temáticos y pulcrísimos, las lámparas que parecen forjadas en otra era, los picaportes sólidos como de una mansión, los puestos con extintores de incendios con un hacha de bombero, pinturas en las paredes, vitrales, puertas que simulan pasadizos secretos.


Salí casi a las cuatro del Museo, me apuré hacia la estación de Mitaka sufriendo el peso de la mochila después de haber sentido el alma tan liviana durante cuatro horas, me bajé mi último bowl de udon y cerdo adentro de una estación de tren intermedia, vi cómo atardecía por última vez sobre los suburbios de Tokyo y llegué al Aeropuerto de Narita con media hora de sobra y el corazón lleno llenísimo de felicidad. Porque aunque en el viaje me quedaron mil cosas en el tintero, fue un placer inconmensurable poder ir a ese Museo, y no perder el vuelo.


Rafa Deviaje.