jueves, 31 de marzo de 2016

Hamamatsu en cama


Nos alejamos de Nagoya haciendo dedo un día espectacular. Un camionero que no cazaba una de inglés nos dejó en una Service Area donde había una feria de comestibles y boludeces, y de ahí una parejita copada nos dejó cerca de Hamamatsu, donde ya teníamos pago alojamiento por un par de noches.


La casa a la que íbamos era una cosa linda y extraña: un matrimonio mayor (él un divertido borrachín, ella una artista de cierto renombre), su hija (una ponja poco convencional) y su novio (un flaco de India que hacía seis meses vivía en Japón pero auspiciaba de anfitrión mejor que nadie). La combinación resultaba de lo más interesante.

Aquel primer día salimos a recorrer un poco el pueblo, simple y campestre, vimos algún que otro templillo, y nos tiramos a dormir la siesta en la ladera de un río. Cosa que, si alguna vez vieron animé, sabrán de qué hablo.


Esa noche me enfermé, y me pasé en cama por dos días (hasta tuvimos que pagar una noche extra). El interruptor que me mantenía en pie simplemente se averió y mi cuerpo pidió reposo incesante. La familia que nos alojaba se portó de diez dándonos de comer, compartiéndome remedios caseros y dejándonos dormir (porque Miki se adaptó felizmente a mi convalecencia) todo lo que quisimos.

El último día, ya sintiéndome mejor, tomamos prestadas unas bicis y salimos a recorrer un poquitito más lejos, y de entre el montón de templos que encontramos cabe destacar, por la sorpresa, parte de un fuselaje de avión. Así tirado en un terreno vacío. Nuestros huéspedes no tenían idea de su existencia así que no les sé decir a ustedes de qué se trataba. Pero la sorpresa fue linda igual.


Yo había planeado ir a unos baños termales o a visitar unas playas, pero no se pudo. Cosas que pasan. Así que ya repuesto y contando los días con los dedos de una mano, emprendimos un viaje a dedo desde Hamamatsu hasta Nagano, dándole la vuelta al espectacular monte Fuji, subiendo y bajando de tantos autos que ya no tengo memoria...



Rafa Deviaje.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Al castillo de Nagoya


Al aeropuerto de Sapporo casi no llegamos porque un auto patinó en la autopista y había un congestionamiento de tráfico zarpado. Tuvimos la suerte de que nuestro vuelo estuviera también retrasado, y pudimos llegar a Nagoya apenas un poco más tarde de lo pensado. Aterrizamos en el aeropuerto de Chubu, que está en medio del agua, y fuimos a la guesthouse que habíamos pagado por un par de noches, donde nos dormimos una siesta épica.


Para ese entonces se empezaba a imponer un cansancio profundo y el ritmo bajaba de a tres peldaños. Tras que a Miki le parecía siempre un buen plan quedarse adentro, a mí la voluntad de llevarlo a conocer lugares se me diluía tanto como que, en realidad, apenas podía arrastrar mi propio cuerpo.




A pesar de eso salimos a caminar la ciudad al día siguiente. Tuvimos un clima hermoso que, después de tanta nieve, se saboreaba primaveral. Después de Tokyo y Osaka, Nagoya era grande pero resultaba espaciosa y tranquila: avenidas amplias, callejones ausentes, veredas cómodas, puentes peatonales poco transitados.

 

De los muchísimos lugares a los que podíamos ir, fuimos sólo al castillo, que es uno de los grandes. A mí me alegró el corazón ver unas florcitas empujando al mundo y ver ciervos pastando en el fondo de las fosas secas que rodeaban al castillo.


Una vez adentro comenzó a parecerse a todos los demás castillos visitados, pero un detalle que encontré interesante fue el de los símbolos en las piedras de las murallas y plataformas: cada clan que participó en el acarreo de piedras procuró estampar su marca en ellas, para evitar disputas y competencias; y ahí están hoy, para que las busques y te entretengas.



Y quienes vayan dentro de un par de años seguramente podrán disfrutar de las enormes remodelaciones que están en marcha y que buscan restaurar todos los edificios de madera que se perdieron en incendios originados durante la Segunda Guerra Mundial.


A la vuelta deambulamos por calles comerciales, arcades casi vacías, parquecitos, shoppings subterráneos. Y volvimos a la guesthouse a dormir y dormir.




Rafa Deviaje.

domingo, 27 de marzo de 2016

Lámparas de nieve, patín sobre hielo y palos sobre snowboard


Otaru, un pueblo vecino de Sapporo ubicado sobre la gélida costa occidental de Hokkaido, tiene su propio festival al mismo tiempo que el Yuki Matsuri: el Yuki Akari no Miki, o Festival de las Lámparas de Nieve.


Salimos cuando oscurecía y después de media hora en tren, apenas salimos de la estación y pusimos un pie en la calle el hielo, el frío siberiano nos violó. Todo lo que nos habíamos echado encima (que era todo lo que teníamos) no alcanzaba para proteger nuestro calor corporal. Así que nos pusimos a caminar lo más rápido posible.


El Festival de Otaru se desarrolla en dos locaciones específicas: a largo de una calle central, donde te movés en zigzag y en penumbras por un sendero blanco, admirando la creatividad de las lámparas (que las hay redondas, cuadradas, apiladas, con cara de bicho y de monstruo, colgantes) y subiendo y bajando montículos de nieve; y el otro sitio es en un tramo del canal de otaru que, decían, tenía lámparas flotando. Era menos espectacular de lo que me imaginaba pero igualmente estuvo bueno.


Habiendo perdido nuestras reservas calóricas junto al canal (yo no podía mover los dedos de las manos ni sentía las rodillas), fuimos a comer unos panchitos al Lawson más cercano, nos tomamos unas latitas de café bien caliente y nos volvimos en el siguiente tren.


Cambiando de tema, en Sapporo hicimos otras cosas de las cuales no saqué fotos, como cuando fuimos a patinar sobre hielo, deporte que yo nunca había practicado y que tampoco me entusiasmaba practicarlo (aclaro que tuve una fractura a causa de unos patines viejos y los rollers que tuve de chiquito nunca supieron mantenerme erguido). Sin embargo la idea de ir a patinar al Makomanai Ice Arena (sede olímpica de la gran puta) era algo a considerar.


Así que fuimos. Miki la pasó bien y yo la sufrí por dos horas. Tengo el orgullo de haberle podido dar dos vueltas enteras a la cancha de hockey sin caerme ni agarrarme de los bordes, pero honestamente disfruté más de ver a unas ponjitas diminutas dar vueltas y piruetas como si fuesen plumas. Hijas de puta.


Finalmente, el gran suceso (y para mí una de las mejores experiencias de mi vida) fue el snowboard. Era algo que en Nueva Zelanda no me había llamado pero que se volvió una misión a cumplir cuando, haciendo dedo en Australia, conocí a un inglés que me contó que en Hokkaido está la mejor nieve del mundo: polvo de nieve, nieve seca que no se comprime ni produce fricción.


Por cuestiones de tiempo, precio y experiencia decidimos no ir a Niseko, el destino más popular, sino al Kokusai Ski Resort, y muy a pesar de Miki salimos bien temprano para exprimir el día al máximo. Mucho abrigo, mucho chocolate, un tren y un micro mediante, llegamos. Alquilamos el equipo completo y saltamos a la nieve.

 

Intento resumir la experiencia: practiqué en lo playo, vi que no me caía mucho, fui arriba de todo con el teleférico, me tiré por la más básica de las pistas: me pegué mil palos increíbles. Un poco asustado volví a lo playo, pedí ayuda telefónica a mis hermanos snowboarders, me quedé ahí intentando dominar la tabla y la velocidad, y después de un par de horas tomé coraje y probé de nuevo: volví a pegarme palos increíbles.


Pero como soy cabeza dura volví y volví y de a poco aprendí a frenarme con el filo trasero de la tabla, aprendí a anticipar las curvas con el hombro delantero, aprendí a sentarme para caer sin dar vueltas carnero y trompos cada vez que perdía el control.


Me contusioné el esqueleto un par de veces, creí dislocarme el hombro una vez y también me enterré en la nieve al lado de la pista. Pero la magia estaba ahí. Miki se las tomó temprano porque le dolía todo el cuerpo pero yo no me detuve ni a almorzar: el chocolate, duro como piedra, me alimentaba de a cachitos cada vez que subía por el teleférico.


La gente empezó a irse cuando caía el sol y me encontré con más libertad en las pistas (y con menos miedo de matar a alguien). Y resulté imparable: de las diez horas en las que casi no me desenganché la tabla de los pies, las primeras cuatro me autoflagelé, pero las últimas seis las gocé como un Tony Hawk de la nieve... Añado que no hice nada más maravilloso que deslizarme sin caer, pero qué hermoso que era.

 

Bajar cinco durante minutos sin interrupciones, sin cruzarte ni un alma, bajo intensa nevada, sin hacer un ruido porque la tabla flota sobre la nieve recién caída, viendo los grandes postes de luz anaranjados y las sombras violetas y lilas que se extienden al infinito. Subir en el teleférico y ver, como si fuera una postal, los pinos nevados y los esquís colgando de las piernas de los pasajeros del teleférico de enfrente. Perder toda noción de profundidad y velocidad en un momento en que la nieve lo ocultó todo de mi vista. La risa de los empleados que me veían pasar una y otra vez... Decidí que no iba a sacar fotos, decidí que iba a aprovechar cada segundo del día en subir y bajar, subir y bajar, subir y bajar.


Hasta que todas las pistas cerraron, devolví el equipo, me enteré que el último bondi (que yo ya había abonado) se había ido hacía rato, y desesperado porque no quería pagar diez mil yenes de taxi (considerando que toda la actividad del día me había costado unos quince mil yenes), me crucé con los últimos japoneses que abandonaban la pista junto conmigo, y conseguí que me dieran un aventón.


No tenía más energías pero me las arreglé para darles charla a mis salvadores durante todo el viaje y, una vez en casa, me encontré con Dragana, aquella couchsurfer de Naruto, a quien nosotros alojábamos esta vez, y nos pusimos al tanto de todo...


El cuerpo me dolió por un par de días más. Me dolía incluso cuando, habiendo descartado todas posibilidades realistas de viajar por una Hokkaido enterrada en nieve, con Miki corrimos a tomarnos un avión que nos llevaría a Nagoya. Desde mi asiento, antes de atravesar las nubes, le dirigí una última mirada cariñosa a Sapporo, el punto más nórdico que pisé en mi vida, el lugar más frío que conocí jamás, el lugar donde aprendí a snowboardear...


Rafa Deviaje.

jueves, 24 de marzo de 2016

Yuki Matsuri 2016


Bueno. Arranquemos por la información básica: el Yuki Matsuri, o Festival de la Nieve, se celebra en febrero todos los años desde hace sesenta y siete años. Atrae a dos millones de visitantes durante la semana que se celebra (consideremos que la ciudad sola alberga dos millones de habitantes, tipo wow qué zarpado), es completamente gratuito y, claro, hace frío.



Yo fui la noche de la inauguración al Parque Odori, que es el principal sitio del festival. El parque cubre varios cientos de metros como un amplio boulevard en el centro de la ciudad. Y de más está aclarar: era difícil moverse.


Avanzaba a paso de tortuga, en filitas para no patinar con el hielo feo, entre miles de turistas (ponjas, europeos y principalmente chinos) que se amontonaban en masas eternas para cruzar los semáforos, que se apilaban con los celulares en alto en cada uno de los shows, que izaban bosques de selfie-sticks en cada escultura de nieve.


Pero estaba bárbaro. El parque se iniciaba con la Torre de TV de Sapporo en una punta (había que pagar mucho para subir a ver y hacer una hora de cola, así que ni) y una mini pista de patinaje con más gente que patines (bueno no, técnicamente hablando había el doble de patines que de gente).


En el siguiente bloque habían montado una pista de snowboard, y era sin duda el atractivo principal de la noche: montones de snowboarders profesionales saltaban uno atrás del otro, desde veteranos a jóvenes promesas de siete u ocho años, con música copada y presentadores conocidos chillando por altoparlantes gigantes que resonaban hasta los confines del parque.


Los tipos saltaban sin miedo y tiraban piruetas cada vez más atrevidas, algunos caían bien y otros se la daban fuerte, y todos levantaban un oleaje de nieve en el aire cuando se frenaban para no comerse de lleno la valla protectora, nieve que caía sobre cientos de espectadores que aplaudían y gritaban y se reían y se emocionaban. Ejem... Espectadores que aplaudíamos, gritábamos, reíamos, nos emocionábamos y sacábamos fotos sin parar. Estuvo bueno.


Después en los siguientes parques había esculturas enormes, pequeños puestos y patios de comida (nunca se sintió tan bien bajarse el caldo hirviendo de una sopa con udon y huevo), pequeñas esculturas al lado del camino, baños, centros de información, gente sacándose fotos pedorras y fotógrafos profesionales que se movían con trípodes y escaleritas plegables.



Había un sector central dedicado al futuro Shinkansen (tren bala) que se empieza a construir este año y que cruzará por un túnel submarino para unir Hokkaido a la red de trenes de todo Japón. Sobre unos bien logrados bajorrelieves proyectaban sin parar una bien lograda animación que parecía darle vida a la escultura, y todos los locales estaban re contentos de pensar en tener un Shinkansen en su ciudad.


Después estaba el otro espectáculo central: una escultura colosal de Shingeki no Kyojin (un animé de moda donde gigantes devorapersonas tienen a la humanidad al borde de la extinción), realizada por el ejército de Japón, que cada quince minutos se ponía de puta madre con un show de luces y colores y música tan fuerte que me sorprendió que no terminara abriendo grietas en la nieve.



Después había un escenario con la fachada de una catedral donde se realizaban distintos shows. Otro escenario (donde vi a unos pobres tipos de Okinawa realizar una danza tradicional con sus vestimentas de isla tropical) tematizado de Dragon Ball. Y otros muchos más con esculturas de hielo y nieve de distintas cosas que yo ni lograba reconocer, donde había ídolos pop y muñecos enormes con gente adentro y huevadas por el estilo.



Y finalmente los últimos bloques estaban dedicados al amateurismo: cieeeeeentos de esculturas de menores proporciones que abarcaban desde personajes de películas y series modernas o clásicos (como Star Wars y Totoro), algunos cómicos japoneses bien caricaturizados, publicidad de comercios locales y esculturas abstractas. A algunos le habían puesto mucha onda, pero otros (no visibles en este blog) eran simplemente patéticos. Para todos los gustos.







En la calle Susukino, una calle cercana al Parque Odori donde había cientos de esculturas de hielo (algunas de las cuales cambiaban de un día a otro), había bares y pubs de hielo, peces y cangrejos en bloques congelados, montón de artistas esculpiendo sus rolitos en público, menos música y más iluminación flashera.


A parte de la noche de la inauguración fui otras dos veces: una de las cuales para terminar de ver lo que no había podido ver la primera vez, y la otra para obligarlo a Miki a vivir el Yuki Matsuri en vivo y en directo.


Y mi apreciación final es que, si bien está genial, podría estar muchísimo mejor (especialmente en lo que la anatomía de Gokú respecta) si hubiera un poco más de inversión e imaginación... o eso se espera uno de los japoneses. Si alguien lo visita sólo por una noche puede estar contento con lo que ve, pero es necesario pasar varias noches y varias horas de intemperie, chupando frío, tapando chifletes de viento helado y masticando nieve para explorar cada rincón. (¡Y allá vos si vas al Domo!)


Habiendo dado por satisfecha la cuestión del Yuki Matsuri, Miki y yo teníamos que decidir con qué rellenar los días restantes... y un poco de Google nos dio excelentes planes.


Rafa Deviaje.