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miércoles, 24 de junio de 2015

Caminando al Arroyo Ryans

Al segundo día de estar en Stewart Island hice un segundo intento de conseguir alguien para quien trabajar un par de horitas por día, pero no hubo caso. Así que desistí.

Una viejita demasiado amable de la oficina del Department of Conservation que tenía cara de Estela me armó un par de itinerarios de caminatas que no me agobiaran tanto, ya que mi salud no terminaba de mejorar y el clima frío y húmedo y constantemente lluvioso no ayudaba (aunque una vez acostumbrado ya no jodía).

Me alejé hacia un caminito de ida y vuelta que se llama Fern Gully. Estaba embarrado de bote a bote, pero me encantó. Los helechos al nivel del suelo, los enormes helechos palmera, las lianas, el arroyo, los degradé y tornasolados del bosque, el constante murmullo de la lluvia... Me fascinó.


Después seguí por un camino en círculo que lleva hasta el Ryans Creek. Tenía más de lo mismo, pero un poquito menos espectacular, y después el sendero iba subiendo y bajando pegadito al mar. Ahí yo empecé otra vez a echar bofes.


Llegué exhausto, después de unas tres horas y media de caminata, al hostel. Se venía el fin de semana y yo tenía que descansar para reponerme completamente. Y de alguna forma que no entiendo bien, en esta islita se sentía bien procrastinar, no hacer nada, huevear, divagar con la mente... En la farm me volvía loco si no me mantenía ocupado, pero acá... Acá había una clara sensación de aislamiento (el primer día me sentía DiCaprio en Shuttered Island), pero de aislamiento placentero, de retiro, de montaña mágica y lo que se te ocurra. Island of tranquility le dicen a Stewart Island en un folleto. Ultra tranquility my friend, le pondría yo.



Así que el fin de semana me lo pasé echado en sillones, viendo Alf y Robotech, charlando con los chicos que trabajaban en el hostel: un yanqui, una taiwanesa, una sueca y una finlandesa. Todos tranquilos, silenciosos, procrastinadores en comunión. Y así pasó el fin de semana. Namasté.



Rafa Deviaje.

jueves, 18 de junio de 2015

Rakiura/Stewart Island: nunca tan al Sur


Las dos noches pasadas en Catlins me habían dejado con un resfrío/casi gripe galopante, así que los dos días y dos noches que pasé en Invercargill (¿pronunsieishon?: ivecaaguil, así que comete todas esas erres y vas bien) con la pareja que me hospedó no fueron la gran cosa. Espero que no crean que todos los argentinos se enferman así de fácil y mantengan sus puertas abiertas.


Por otro lado, Invercargill no es nada atractiva. Es espaciosa como Christchurch pero está casi despoblada. Tiene un par de edificios copados, pero ni son la gran cosa. Tiene lindo Internet en la biblioteca, y que ahí pasé la mayor parte del tiempo, ya que no me pintaba pasármela convaleciente en la casa de esta gente. No estuvo tan mal: pude ponerme al día con Game of Thrones.

Pero bueno, como el auto iba a tener que estar con el mecánico un tiempo indeterminado e Invergargill era una cagada, decidí gastar plata, irme de vacaciones y alejarme de mis problemas. Reservé un pasaje en ferry a StewartIsland, la isla habitada más austral de Nueva Zelanda, mandé un mensaje a un wwoofer que encontré en la web, y armé la mochila bien ligero.



Una pareja muy amable que había vivido por doce años en la isla me llevó hasta Bluff, donde termina la Route 1 y donde está la terminal del ferry. Y emocionado, me embarqué. Las olas se pusieron grandes y la alegría se me subió a la garganta. Nunca había estado en un barquito de ese tamaño, zarandeado por olas de, calculo, hasta cinco metros, pero me encantó. Supe en ese instante que había tomado la decisión correcta.

Arribé de noche a la isla y busqué el único hostel no cierra en invierno. Había cuatro personas, pero todos trabajaban ahí por accomodation, y no necesitaban a nadie más. Pasé una noche moqueando y dando vueltas, y al día siguiente fui a contactar a mi wwoofer.

Lamentablemente el tipo no estaba en la isla, y como todo estaba cerrado o porque tuve mala suerte, no conseguí nadie con quien trabajar por accomodation. Lo que sí, un viejito me paró en la calle y me invitó a ver el barco a escala que había hecho su abuelo o bisabuelo hacía ciento treinta y cinco años. Cool.



En definitiva, si iba a estar en Stewart Island iba a tener que pagar por mi estadía. Pero como el hostel era lindo y calentito (de hecho lo único malo es que se llama Hilltop y le hace honor a su nombre, porque tenés que subirte una zarpada pendiente para llegar), decidí pagar unas noches por adelantado y disfrutar de la islita con su clima indeciso,lluvioso y cambiante, sus callecitas silenciosas y zigzagueantes, su tranquilidad infinita, su invitación a procrastinar y descansar, sus camintas cortas que enseguida me dediqué a fotear.



Rafa Deviaje.

miércoles, 9 de agosto de 2017

El fin de una Visa

Todos vamos a morir un día, y todo también termina. Y entre vos y yo, este blog tenía sus días contados desde el momento que volví de Japón: así que acá estamos, después de ciento cincuenta y cuatro publicaciones, despidiéndonos.


Recuerdo en mi último mes de Nueva Zelanda haber conocido a un pibe que recién arrancaba y maquinaba un blog de viaje lleno de penurias; y recuerdo con felicidad haber entrado al mismo blog un año después y descubrir que nunca más, desde que nos conocimos, escribió una puta palabra en ese lugar. Ahí supe que a mí eventualmente me iba a llegar el momento; así que acá estamos, después de casi tres años y medio, después de ciento cincuenta y cuatro publicaciones, despidiéndonos.

Hago clic a la derecha del blog, hacia esos primeros posteos llenos de metáforas, chistes ingeniosos, links escondidos, fotos con muchas ganas en la edición, y casi que se me cae una lágrima. Poco a poco fui cambiando el estilo intentando mantenerme fiel al original; poco a poco fui mermando en expresiones, automatizando el retoque de las fotos, simplificando incluso el loguito. Hasta llegar a hoy, donde tengo que contar todo lo que hice en mis últimos cuatro meses y pico de visa en Australia de un tirón y sin fotos. Así que acá estamos, saldando cuentas, despidiéndonos.


Retomemos: estaba en Perth y me tomé un avión a la ya conocida Cairns. Me fui haciendo dedo hasta lo de Ivan y tuve la suerte, o la coincidencia, de que fuera él mismo quien me levantara cuando yo estaba ahí pulgar arriba. Mi último aventón en Australia fue suyo, oh qué maravilla.

Hice de nuevo toda la temporada de las paltas en el pueblito de Kairi, en el galpón de Jamie, el de una pierna y un brazo. Viví en el mismo cuartito (sólo que esta vez lo puse réquete lindo) y manejé el mismo coche. Coseché los mismos árboles con las mismas escaleras, manejé las mismas cherrypickers, (tuve la suerte de hacer poda con las sierras hidráulicas, eso fue el único trabajo novedoso), y recibí el mismo pago.

En el medio me visitaron amigos que había hecho en Tasmania y conocí nuevos; me reencontré con un pibe con el que había coincidido en Stewart Island allá lejos y hace tiempo; y fuimos al Daintree a acampar y visitamos distintas cascadas, logré ver una cassowary bendita, e incluso volví a saltar de un avión en paracaídas. Todo eso, y ni una foto.

Y disfruté cada día que mi segundo año de Working Holiday Visa se acercaba a su final, disfruté los paisajes de estos campos con nubes tan bajas que acarician; desayuné afuera bajo los árboles con el viento fresco y el sol dorado; me quedé mirando la niebla de la mañana que se queda dormida sobre los surcos; dormí siestas en la cama elástica después de entrenar, escuchando los pajaritos (que no cantan acá como cantan allá, en casa); manejé con amigos al lado ventanillas abiertas y música al palo; salí a corer con la perrita de Jamie todos los días y aprendí de cadenas y libertad; oí más historias de personajes entrañables; escribí mis cosas; comí muchas paltas.

Y así, sin mucho más, llegamos a este día en que me subo al avión que me arranca de este país y este rincón que ya es mi segundo hogar y mi segunda familia, y que me va a depositar en Bali, Indonesia. Un día más acá y mi Australia querida me convertiría en lo que nunca un viajero puede ser: inmigrante ilegal.


Así que chau blog, chau Australia, chau visas fáciles de trabajo bien pago. Chau: me voy a recorrer un rato con lo que haya ahorrado, sin pensar frases para este blog que siempre se quedaron cortas, sin pasar horas frente a una pantalla armando panoramas y GIFs que nunca pudieron imitar lo que yo veía. Me voy a viajar en serio, por entero, con ganas.


Rafa Deviaje.

martes, 19 de abril de 2016

Donde entrenan los campeones


Una de las actividades a las que me dediqué los últimos días en Japón es al geocaching (ver link). Yo conocí este juego de realidad aumentada cuando visité Stewart Island, pero nunca me había bajado la aplicación ni le había dado mayor bola. Pero durante una semana, en Tokyo, la reventé: gracias a mil pequeños tesoros escondidos cada trescientos pasos por toda la ciudad, en rincones lindos, secretos o históricos, llegué a visitar sitios que de otra forma me hubieran pasado inadvertidos (aunque, lamentablemente, no pude encontrar todos los cachés que me propuse).


Volviendo de la Sky Tree pasé por el Parque Sumida, donde está el santuario Ushima. Creíamos con Miki que aquel día iba a haber un festival en el que botaban montón de barquitos en el Río Sumida, pero vaya uno a saber por qué, no hubo nada.


Después enfilamos hacia el Museo de Terremoto de Kanto (en reparaciones) al que no ingresé porque simplemente no supe de qué se trataba. Ahí cerquita está el Jardín Kyuyasuda, donde nos pegamos una siestita al sol entre viejitos con bastón y patos angurrientos.



El parque tiene su laguito artificial, su puentecito tradicional, sus arbolitos, su pequeño santuario que es tan lindo que me gustaría tenerlo en mi casa, y muchos banquitos para sentarte. Y lo curioso fue encontrar algo de lo que habíamos oído hablar pero, hasta el momento, no habíamos visto: un pelotón de cinco ponjas, empleados municipales o algo así, con sus mamelucos azules, sus cascos de seguridad... y sus pinzas de depilar.


Y no te jodo ni un poco eh, ahí estaban los locos: sentados en el suelo, sacando los pastitos uno por uno para que sólo el musgo lindo, mullido y brillante, cubriera la tierra. ¿Por qué los cascos? Para no ser maldecidos, o para protegerse de la caca de algún cuervo, capaz.


Y de ahí pasamos a ver el Ryogoku Kokugikan, el gran dojo de los luchadores de sumo. Gracias al nuevo campeón mundial, se le seguía dando mucha manija al asunto por la tele, pero para nuestra desgracia no había torneos en el mes de febrero. Así que miramos el edificio por afuera y fuimos al museo (donde guardan las fajas de cada uno de los capos del sumo a lo largo de la historia, buenísimo).


Sí tuve la oportunidad de estrechar la manotota de sumoka rubicundo. Creo que, de no haber lucido tan bonachón, se hubiera convertido en el único ponja que me hubiera dado miedo de solo verlo. Le dije arigató por posar para una sashin, kiosketé y gambaté kudasai y esas cosas que lo hicieron sonreír más, y ahí me fui, celular en mano, a buscar otro caché a la vuelta de la esquina.



Rafa Deviaje.