miércoles, 9 de agosto de 2017

El fin de una Visa

Todos vamos a morir un día, y todo también termina. Y entre vos y yo, este blog tenía sus días contados desde el momento que volví de Japón: así que acá estamos, después de ciento cincuenta y cuatro publicaciones, despidiéndonos.


Recuerdo en mi último mes de Nueva Zelanda haber conocido a un pibe que recién arrancaba y maquinaba un blog de viaje lleno de penurias; y recuerdo con felicidad haber entrado al mismo blog un año después y descubrir que nunca más, desde que nos conocimos, escribió una puta palabra en ese lugar. Ahí supe que a mí eventualmente me iba a llegar el momento; así que acá estamos, después de casi tres años y medio, después de ciento cincuenta y cuatro publicaciones, despidiéndonos.

Hago clic a la derecha del blog, hacia esos primeros posteos llenos de metáforas, chistes ingeniosos, links escondidos, fotos con muchas ganas en la edición, y casi que se me cae una lágrima. Poco a poco fui cambiando el estilo intentando mantenerme fiel al original; poco a poco fui mermando en expresiones, automatizando el retoque de las fotos, simplificando incluso el loguito. Hasta llegar a hoy, donde tengo que contar todo lo que hice en mis últimos cuatro meses y pico de visa en Australia de un tirón y sin fotos. Así que acá estamos, saldando cuentas, despidiéndonos.


Retomemos: estaba en Perth y me tomé un avión a la ya conocida Cairns. Me fui haciendo dedo hasta lo de Ivan y tuve la suerte, o la coincidencia, de que fuera él mismo quien me levantara cuando yo estaba ahí pulgar arriba. Mi último aventón en Australia fue suyo, oh qué maravilla.

Hice de nuevo toda la temporada de las paltas en el pueblito de Kairi, en el galpón de Jamie, el de una pierna y un brazo. Viví en el mismo cuartito (sólo que esta vez lo puse réquete lindo) y manejé el mismo coche. Coseché los mismos árboles con las mismas escaleras, manejé las mismas cherrypickers, (tuve la suerte de hacer poda con las sierras hidráulicas, eso fue el único trabajo novedoso), y recibí el mismo pago.

En el medio me visitaron amigos que había hecho en Tasmania y conocí nuevos; me reencontré con un pibe con el que había coincidido en Stewart Island allá lejos y hace tiempo; y fuimos al Daintree a acampar y visitamos distintas cascadas, logré ver una cassowary bendita, e incluso volví a saltar de un avión en paracaídas. Todo eso, y ni una foto.

Y disfruté cada día que mi segundo año de Working Holiday Visa se acercaba a su final, disfruté los paisajes de estos campos con nubes tan bajas que acarician; desayuné afuera bajo los árboles con el viento fresco y el sol dorado; me quedé mirando la niebla de la mañana que se queda dormida sobre los surcos; dormí siestas en la cama elástica después de entrenar, escuchando los pajaritos (que no cantan acá como cantan allá, en casa); manejé con amigos al lado ventanillas abiertas y música al palo; salí a corer con la perrita de Jamie todos los días y aprendí de cadenas y libertad; oí más historias de personajes entrañables; escribí mis cosas; comí muchas paltas.

Y así, sin mucho más, llegamos a este día en que me subo al avión que me arranca de este país y este rincón que ya es mi segundo hogar y mi segunda familia, y que me va a depositar en Bali, Indonesia. Un día más acá y mi Australia querida me convertiría en lo que nunca un viajero puede ser: inmigrante ilegal.


Así que chau blog, chau Australia, chau visas fáciles de trabajo bien pago. Chau: me voy a recorrer un rato con lo que haya ahorrado, sin pensar frases para este blog que siempre se quedaron cortas, sin pasar horas frente a una pantalla armando panoramas y GIFs que nunca pudieron imitar lo que yo veía. Me voy a viajar en serio, por entero, con ganas.


Rafa Deviaje.

jueves, 1 de junio de 2017

Dos días y una noche en Rottnest Island


Oliva, mi amiga española, llevaba un par de meses trabajando en un café en Rottnest Island, que está a un tiro de Fremantle, y me había invitado hacía rato, pero la falta de tiempo de Juli y los precios de pasaje me habían frenado.

 


Sin embargo cuando me encontré con cinco días extra de libertad, me fui hasta las oficinas de la compañía del ferry y les dije que quería ir allá a visitar a una amiga pero que estaba medio caro para mí. Tuve suerte: la viejita copada me hizo un veinte por ciento de descuento por ser amigo de un empleado de la empresa y, además, me consiguió asiento en los barcos que figuraban ya repletos.




Empaqué bien liviano mis cositas en la mochila chica, pasé por el supermercado para llevarle fruta fresca y barata a Oliva, y me embarqué. Ella me recibió en su casa, me mostró dónde iba a dormir, me mostró su bicicleta de cambios truncados, y me prestó un snorkel.



¿Qué itinerario tenía para el primer día?, me preguntó, y le dije que le quería dar la vuelta entera. Convengamos que Rottnest Island tiene once kilómetros de largo, pero así y todo me miraron como si estuviera loco.



Loco las bolas: lo dije y lo hice. Arranqué recorriendo la costa norte, parando en cada mirador y en cada playa bonita. Vi serpientes escabullirse en la ruta, vi una mantarraya bajo el agua, vi rocas gigantes como esponjas del tiempo, vi el agua más cristalina del mar, vi un acantilado de como ocho metros y salté (dos veces, que saltar una sola vez no demuestra coraje), vi casitas abandonadas y lobos marinos y formaciones extrañas de piedra como templos asiáticos en miniatura, vi un barco hundido, lagartos enormes, faros fotogénicos, pero ni un puto quokka.



Aclaro: los quokkas (que como ratas gigantes dan la nomenclatura a Rottnest Island: Isla Nido de Ratas), o el marsupial más feliz de todos, abundan en aquel lugar. O se suponía.




Al día siguiente pude darme el gusto: caminando con Oliva por el centro de la isla vimos bocha de quokkas (que sí, parecen estar sonriendo todo el tiempo, pero si mirás con cuidado le ves, en los ojitos, que están tristes, y que no lloran porque simplemente no tienen forma de hidratarse a gusto en esa isla pelada), y vi lagunitas rosadas (no tan rosadas como pueden ponerse, pero mil veces más rosas que el Pink Lake de Esperance), y vimos trencitos de gatas peludas (una de treinta y seis, la otra de cincuenta y siete), y cumplí uno de mis sueños desde que, de pequeño, vi esa película con Jessica Alba: Into the Blue.



Y pude meterme a hacer snorkel en el barco hundido que había visto el día anterior. A unos treinta metros de la costa espera, cubierto de algas y cobijando montón de peces, casi mágico. En mi imaginación era un galeón español lleno de esqueletos aferrando cofres sellados por la herrumbre, así que si no me quedé nadando ahí todo el día fue simplemente porque el agua estaba muy fría.


De ahí volví a lo de Oliva, me despedí otra vez, fui a tomar el ferry, volví a Fremantle, donde dejé patinarse un par de días más en buena compañía de hostel, y me despedí de mi (doblemente) roomate.


Volvía a las Tablelands, a la casa de Ivan y de Amanda y de Choco. Volvía lleno de historias, volvía la misma farm, a la misma camioneta, a las mismas personas, pero yo me sentía totalmente otro. Una alegría fue ver que, de darnos las manos, todos me lo señalaban con una sonrisa y me invitaban a contarles qué había estado haciendo.



Rafa Deviaje.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Freemantle International Street Artist Festival

Como conté antes, los dos días que estuve en Melbourne tuve la oportunidad de participar en shows callejeros de magia. La primera vez estaba con Juli y vi a este flaco haciendo ruido y sin público, y le dije quedémonos a ver. El loco adivinó de una que éramos argentinos, hizo aparecer una moneda en mi hombro, revoleó cartas afiladas a un globo que yo tuve que sostener bien lejos de mi cara, hizo tantos chistes forros que con Juli no nos parábamos de reír. El segundo mago, al dia siguiente, fue mucho más triste y la gente se fue sin darle ni cinco centavos.


En Fremantle, un suburbio al sur de Perth con una arquitectura muy particular (de herencia holandesa, me explicaron, su encanto está en la utilización de la limestone que le da una textura mágica sobre todo cuando se pone el sol), llegamos un jueves. Y durante el fin de semana de Pascua asistimos (Juli se perdió el último día porque tuvo que volverse a Nueva Zelanda) al International Street Artist Festival.


Artistas a la gorra, buenos y muy malos, locales, nacionales e internacionales, shows de magia, de música, de malabarismo, circenses profesionales y con humor del malo. Estaban los Gentlemen of the Road que tenían un espectáculo simple pero ultra simpático en el que incluían a nenes de amigos o pibes con síndrome de Down y cosas así que se ganaban la simpatía de todo el mundo. Estaban los Quatour Stomp que hacían muy buenos chistes y acrobacias zarpadas y eran, creo yo, los favoritos del festival. Había un flaco de Tasmania que tocaba música clásica de la puta madre con una guitarra arruinadísima. Había un show de fuego malísimo y una pareja de japoneses que tenían el récord Guiness con su pentaciclo. Había un loco de pelos parados que ahuyentaba al público y cortaba su show por la mitad.


Y hubo, claro está, performers que me incluyeron: una pareja de norteamericanos que me hicieron bailar y ayudarlos a tirar piruetas; y al día siguiente un electro-mimo que me tuvo como media hora parado al sol y oliendo su chivo inaguantable. Buenas memorias.


Y estando ahí no supe si es algo normal cuando se llevan más de tres años de gira, pero sentía que últimamente estaba viajando en círculos: acababa de reencontrarme con mi amigo alemánen Melbourne (el sexto de la Small Kiwi House con quien me volvía a cruzar), acababa de despedirme de una amiga del secundario, estaba otra vez compartiendo dormitorio con mi antigua roomate deTasmania...


Y como el trabajo de las paltas se atrasó una semana y me lo avisaron a último momento, cambié mi pasaje y fui a visitar a otra amiga del Tasman Backpackers que estaba a un ferry de distancia en Rottnest Island. Que sigan los círculos de la vida, que Australia se vuelva el pañuelo más chiquito del mundo...



Rafa Deviaje.

martes, 30 de mayo de 2017

Cape Le Grand National Park

Una semana cazando atardeceres
o The Flash Road Trip: Melbourne-Perth
-cuarta parte


La idea era ir a ver los canguros que bajan a la playa con el amanecer en Cape Le Grand National Park, ahí al lado de Esperance, pero no llegamos. Dormí unas cuatro horas pero así y todo no llegamos. (Igual cabe decir que en la arena no encontramos ni una puta huella de canguro así que tal vez no nos perdimos nada.)




Y el lugar era, de todas formas, espectaculááááá. Alucinante. La arena blanca y fría que chillaba cuando hacíamos fricción con los pies descalzos, el agua del mar que era acuarela pura, las montañitas de granito con cavernitas, los delfines que jugaban en las olas, el olor a sal, la ausencia de personas.



Después de haber recargado energías volvimos a la ruta, pasamos por un Pink Lake en Esperance (que tenía menos de rosa que la Pantera Rosa en una tele previa al technicolor), y seguimos camino hacia Margaret River por caminos ondulantes y bosques imponentes, llovizna constante y música que ya se empezaba a repetir más de la cuenta.




La zona de Margaret River, que está al sur de la Costa Oeste de Australia, es hermosa y está llena de atractivos que en TripAdvisor parecen geniales. Pero a nosotros nos quedaba una última noche de van, todo estaba cerrando cuando llegamos, el cansancio me sangraba por dentro, y todavía teníamos que llegar a Perth antes de las tres de la tarde del día siguiente (so pena de mil dólares por cada hora de retraso).




Entonces lo que hicimos fue simple: nos escabullimos a un estacionamiento al lado de la playa siendo ya entrada la noche, dormimos a pata suelta, vimos otro amanecer sobre el mar, liquidamos lo poco que quedaba de desayuno y fuimos hasta Perth. Ahí descargamos mochilas en un hostel donde se alojaba mi antigua roomate del Tasman Backpackers, limpiamos la camioneta bien a fondo (y yo intenté disimular un bollo que le hice en el techo al tercer día de viaje), y me fui, manejando solito por primera vez, hasta el aeropuerto para entregar las llaves y la van.




No dijeron nada del bollo en el techo, no dijeron nada de nada, y me fui feliz. Lo último que hice fue comparar el kilometraje del antes y el después. La matemática fue simple: acababa de manejar de Este a Oeste, en menos de una semana, cuatro mil seiscientos setenta y cinco kilómetros. Más del diez por ciento de la circunferencia máxima de la Tierra. Antes de brindar esa noche con Juli brindé yo primero, por mi satisfacción y para con mi orgullo, con una buena siesta, de esas sin cubrirse y con ventana abierta.




Rafa Deviaje.

lunes, 29 de mayo de 2017

Al Sur de Australia, al lado del Océano

Una semana cazando atardeceres
o The Flash Road Trip: Melbourne-Perth
-tercera parte


Los días siguientes me pusieron a prueba como conductor de distancias nunca antes manejadas: un día hice setecientos kilómetros, al siguiente más de mil, al siguiente ochocientos cincuenta. En fin: avanzar había que avanzar, así que cuanto más rápido mejor.



Yo me despertaba con la primera luz del alba o incluso antes, (salía a hacer pis en una oscuridad tan oscura que meaba ahí nomás de la van, y si había algo en el piso que pudiera ser una serpiente enroscada, le meaba encima para que se alejara), preparaba muesli con leche y un café para despertarla a Juli (si es que no la dejaba dormir un rato más) y me ponía de toque a manejar. A veces manejaba varias horas entrada la noche, quemando litros de nafta y latitas de Red Bull.


 



En el medio nuestras paradas eran breves y seleccionadas: Head of the Bight con la esperanza de ver una ballena que no vimos (pero con acantilados muy bonitos), Eucla donde estaba la estación abandonada del telégrafo, puntos cualquiera cercanos a la costa y estaciones de servicio, claramente.





Nuestras charlas en el camino abarcaron de todo y lentamente fueron dando espacios más largos a la música de ruta y a los momentos de contemplación. El juego de contar canguros muertos al lado de la ruta duró poco, pero la emoción de Juli cada vez que veía un animal nuevo duraba un buen rato.




No tanto, igual, como el camino que cruza el Nullarbor: una zona de cientos de kilómetros sin un puto arbolito; ni tanto como esos casi doscientos kilómetros en línea recta: la ruta rectilínea más extensa de todo Australia. Que manejé de noche, a parte.


Y así, cantando Estopa a viva voz, Shakira a los gritos, Árbol a los alaridos pelados, llegamos a Esperance, donde tuvimos por primera vez una mañana libre.


Rafa Deviaje.