lunes, 27 de octubre de 2014

Banks Peninsula


Dejé atrás Christchurch, la ciudad de las dos vocales y diez consonantes; la ciudad donde los dedos y las muñecas amanecían entumecidas; la ciudad donde a veces dormía menos de treinta horas de domingo a sábado (sin contar ocasionales siestas en la camioneta de Robbie). En fin, dejé atrás la ciudad más grande de la Isla Sur de Nueva Zelanda, rumbo al sur.

Y yendo al sur, lo más cerquita es la península de Banks. Vi acercarse las montañas y sentí emoción. ¡Iba a subir a una montaña, con mi propio auto, por primera vez! Pero no, me engañé: los capos acá hicieron un túnel que va por abajo. Un túnel oscuro, estrecho, máx. 70 km/h. Creo que fue como un presagio, o un parto, porque de repente no sabía si iba rápido o lento, si estaba yendo derecho o de costado, o qué mierda pasaba. Yo simplemente iba al volante, tratando de mantener la misma distancia con el que estaba enfrente. Y de repente ¡bum!, la luz, el exterior: Lyttelton.

Es un pueblo recontra pintoresco sobre una bahía re canchera. Tiene calles empinadas, bosquecillos, veleros en el agua, camiones que van y vienen, y una australiana copadísima en el i-site que tiene cara de llamarse Irma.

Después de Lyteltton empezó el verdadero dilema para mí: caminos de montaña, sinuosos, pendientes abruptas, sin guardarrail de ningún tipo, y con hermosas vistas para acá y para allá. Fui frenando cada cinco minutos para sacar fotos, pasando por pueblitos aledaños (todos de postal), hasta que me tocó mandarme, montañatraviesa, por un caminode ripio.


Ya para arrancar confieso que al tomar este camino hice una mala maniobra y de un toquecito saltó al carajo la óptica delantera derecha.Después de atarla con alambre (al despedirme de Robbie me guardé considerables cantidades de tie wire) descubrí que en una de mis tantas paradas fotográficas había perdido los lentes de sol que me protegían del cegador sol neocelandés (y lo hablás con un kiwi y parece estar re orgulloso de tener un sol que te apuñala las pupilas, no entiendo). Mas sí, me dije, hay que seguir adelante: y puse el pie en el acelerador y las ruedas sobre la piedra.

Las vistas también eran zarpadas y el clima hermoso, pero les juro que pasé miedo. Había una serie de contracurvas demoníacas con grava recién renovada en las que derrapé como un Niki Lauda, y los precipicios se habían ido haciendo más y más altos. Cuando llegué a la ruta principal que me llevaba hasta Akaroa estuve por bajarme del auto a besar el asfalto. A punto eh.

Akaroa es un pueblo afrancesado, o fue una colonia de franchutes, o algo por el estilo. Ahí van los conchetos a tomarse un café al lado del puerto y del faro (re concheto también), y las viejas pasean a sus caniches y sus nietos. Lo malo es que la vieja del i-site no se parecía en nada a Irma, así que elegí destino haciendo ta te tí sobre el mapa.


El dedo paró sobre Ellangowan, una de las bahías cercanas, que tenía una caminatita para hacer y era un lugar ideal para pasar la noche. Aunque no sé por qué en vez de ir para Ellangowan terminé yendo hacia Le Bons Bay, pero bueno. Era un pueblito casi fantasma, así que encontrar un lugar cerca de la costa fue pan comido.

Y como el sol no se decidía a ponerse, salí a pasear un poco. La primera sorpresa fue encontrarme varias focas haciendo la plancha en la arena; la segunda sorpresa fue encontrar a un pingüinito (la especie más chiquita del mundo, cuentan) escondido abajo de una piedra; y la tercera sorpresa fue descubrir que si acomodaba todo bien en el auto, podía estirar el colchón en la parte de atrás y dormir la mona. Sí, juro que hasta esa primera noche tenía mis serias dudas al respecto.


A la mañana siguiente pasié un poco más por los acantilados y las cuevitas, y me fui a hacer una caminata de cuatro horitas en el Montgomery Park Scenic Reserve. Auosa que indican por dónde ir. Eché mano a mis habilidades de rastreador y me terminé perdiendo del todo. No me hice dramas y empecé a caminar cuesta arriba siguiendo un alambnque estuve a punto de volverme, porque ni bien empezado el sendero desaparecieron todas las cintitas de color rrado, y media hora después retomé el sendero (ni sé cómo) y llegué a la cima sin problema. Lo que sí, una niebla zarpada se fue apoderando de toda la bahía,y me vi obligado a emprender retorno sin poder disfrutar mucho de la vista.

      


Ya estaba pensando pasar de nuevo por el i-site y decirle a la gorda boluda que al principio del sendero faltaban cintitas de color indicando el camino, cuando me crucé con unos papis y sus dos hijitos cuesta arriba. "Ok", pensé, "tal vez ellos ya conocían el lugar". Sin embargo cuando llegué al pie del cerro, caminando por un sendero con más señalización que un canal para sordomudos y ancho como la General Paz, tuve que admitir que no sé cómo fui tan salame de perderme al principio.


Y así nomás volví al auto y me fui alejando de Banks Peninsula. Dejé atrás muchos senderos sin recorrer y bahías sin visitar, pero tenía la certidumbre de que era todo bastante más de lo mismo, y que me esperaban mejores paisajes ruta adelante. Y qué acertado estaba la puta madre.

De camino levanté a un kiwi hippie que me hablaba como el culo sobre por qué no plantar más manzanos en vez de poner viñedos y que casi me hace chocar por prestarle atención a sus huevadas, y cuando lo dejé otra vez en la banquina, haciéndome chau chau con la manito, respiré hondo y sonreí: había sobrevivido el tutorial, la primera etapa de mi viaje, y seguía hacia un segundo capítulo, sintiéndome amo demi destino, capitán de mi alma, chofer de mi autito rojo.




Rafa Deviaje.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Canterbury versus Southland


Ya había renunciado a mis trabajos y un par de días me separaban de empezar el viaje tan largamente anhelado. Pero entre preparativos y múltiples siestas diarias, hice lugar en mi agenda para un último compromiso. ¿Cuál? Ir a un partido de rugby: Canterbury vs. Southland. Y fui con Yair, el recepcionista mexicano. Yo ni soy fanático del rugby y Yair decía gol en vez de try, pero las entradas eran gratis así que ni ahí nos la perdíamos. 


El día estaba nubladón y friolero. Llegamos al rato de que abrieran las puertas, tipo 3.30 pm., y siguiendo señalizaciones y carteles localizamos nuestros puestos. Comprar pochoclos, panchos o choripanes quedó descartado porque ni los había, y si los hubiera, serían carísimos.


El estadio se fue llenando hasta poco más de la mitad. Hubo un partido de pequeños contra pequeños, una pelea de boludos en trajes de sumo y cosas así antes del partido posta, todo para entretener y crear la atmósfera. Y después sí, se pusieron a jugar los grandes.



Los Crusaders de Canterbury, nuestro preferido, fue arriba o empatado todo el partido.  Yo me puse a sacar fotos con mi cámara nueva a los jugadores, a las minas de la platea de enfrente, a los reflectores, al señor que se sacaba los mocos con el meñique, etcétera. Nos reíamos con el chavo de la Kiwi House porque ahí estaba todo lleno de familias y la gente aplaudía con cada anotación fuera del equipo que fuera. Eso sí, al final final, cuando Southland pasó por dos puntos al equipo local, los kiwis dejaron de aplaudir.

Instante de la épica derrota.
Con una jugada milagrosa los titanes de Canterbury casi llegaron hasta la meta y consiguieron que el equipo contrario les cometiera una falta, cuando el tiempo ya estaba terminado. ¡Listo! Pan comido: tiro libre (o como se llame) de frente a la H, para marcar y ganar (¿o empatar?, qué sé yo si ni estaba mirando) el partido.


Y ahí, mientras todo el mundo zapateaba un malambo en las gradas para alentar o distraer o qué sé yo (yo zapateaba también porque me moría de frío), y a mi grito eufórico de ¡vamos los Pumas carajoo!, el mamerto de Canterbury pateó el penal o como mierda se llame. y le pifió. Sí, pifió pa' fuera de la H el salame.

Perdieron el partido, desterrados de Nueva Zelanda y toda ex colonia británica y la gente se apuró a vaciar el estadio como si tiraran bombitas de olor. Con el mexicano nos encogimos de hombros, tachamos "ver un partido de rugby en Nueva Zelanda" de nuestra lista, y nos fuimos a comer tacos hechos por él y su novia. Altos tacos, por cierto.

Y después de eso sí, a empacar que la ruta me esperaba impaciente. Y llena de sorpresas.


lunes, 29 de septiembre de 2014

Mi vida en la Small Kiwi House


El hostel que estoy por dejar se llama Kiwi House, y es algo así como un cúmulo de clichés neocelandeces: pertenece a un kiwi que se casó con una ponja, y su loguito es un pajarito kiwi, adentro de una casita, con una hoja de ese helecho de los All Blacks de fondo, la cual aparece en cinco de cada tres logos neocelandeces. (Alta estadística.)




Kiwi House tiene dos sedes: la Main (principal) Kiwi House, y la Small (peque) Kiwi House. En esta última es donde, gracias a la intercesión una japonesa a la que creo que le robé el kokoro, conseguí trabajo por acomodación: con tal de no poner un centavo, seis noches por semana, de las nueve y media a las doce en punto, mi trabajo era limpiar la cocina, sacar la basura, controlar que todo esté tranquilo y (me sentía re Night Watch) echar a los intrusos. Intrusos que como eran todos amigos, bajo mi guardia se quedaban hasta la hora que quisieran. Y viva la pepa.







 Al final no viajé un carajo durante los cuatro meses que estuve acá, no me moví mucho más lejos de la Kiwi House. Pero lo tomé como mi declaración de independencia: era la primera vez que vivía por las mías completamente. Nadie me cocinaba ni me decía qué cosas tenía que comprar en el súper, ni en cuál de los súper estaba más barato; nadie me lavaba la ropa y se acordaba de sacarla de la cuerda; nadie me preparaba la vianda del día siguiente, nadie me iba a despertar a los diez minutos si me quedaba dormido. Pero tampoco nadie me decía a dónde salir a pasear un par de horas los domingos, y ese sólo detalle ya bastaba para compensar una semana de dormir treinta horas.



Cuando entré a trabajar en el hostel había unos veintipico de huéspedes, entre ellos un par de argentinos. Tardé en conocerlos a todos, aprenderme nombres para correrlos diciéndoles que lavaran sus cosas. En eso llegaron más argentinos, más gente que pasaba sólo una o dos noches, y en el transcurso de dos semanas vi pasar, uno a uno, a la pandilla de cordobeces y el francés con los que trabajé en Te Puke. Y todos siguieron de largo.







Aunque cueste, siempre se termina encontrando un flat, cuartucho o camita en un rincón por el cual se paga menos que en el hostel, o se encuentra un próximo destino, y la gente se termina yendo. Así que cuando cumplí un mes y medio en la Small Kiwi House, el lugar era un páramo con unos pocos viejos conocidos.

Y cuando los cuatro meses estuvieron llegando su final, primavera pujante y turistas renovados, de toda la gente que había conocido ahí sólo quedaba Yair, el mexicano de la recepción que se clavaba una terrible maratón de Friends día a día. Qué envidia.


Los demás se habían ido. Las dos japonesas que también limpiaban en el hostel, con las que aprendí varias boludeces nuevas sobre Japón. La otra ponja medio hikikomori que nunca salía del cuarto, pero que se re portó haciéndome una galleta gigante como torta de cumpleaños. El francés buena onda que volvía en pedo todos los fines de semana porque su jefe lo invitaba a un bar, que tomaba más mate que nadie y al que le enseñé lo que es el tereré. El checo que hablaba siempre de sus mil viajes y que me enseñó a camina en la soga elástica y que me abrió bastante la cabeza sobre lo que le pasa a un viajero que sobrepasa los treinta. La pareja encantadora (él escocés, ella tana bien tana) con la que palpité el drama familiar del hermano que se casaba de improvisto cuando ella estaba por empezar el viaje del Sudeste Asiático (sí, al final siguieron viaje, más vale). El uruguayo con el que hablábamos de política sudamericana. El alemán de dos metros de alto con el que intuí una afinidad inmediata, pero que tardamos dos meses en ser amigos amigos y con el que casi, casi me voy de viaje. El otro alemán que intentaba ahorrar plata gastando más y más y que me cocinó un curry más picante que sudor de indio. Y otros más como el pibe denso que se quedaba a dormir en el lounge y despertarlo era imposible; el viejo cascarrabias que se paseaba en bolas a la noche; el otro gruñón que me regaló un chocolate antes de desaparecer sin decir adiós; el chino que me regaló su trípode y al que le devolví la pasión por el ukelele a cambio; y más, muchos, muchos más. Que temo, tarde o temprano, olvidar.



Y yo me quedé acá. Los vi llegar e irse. Buen, algunos ya estaban y los vi largarse nomás. Pero igual yo me quedé acá, juntando mis morlacos, acumulando cosas que la gente dejaba al irse (ropa, morfi, colchón inflable, termo, sartenes, varios champuses, y de lo que te imagines), juntando recuerdos. Creo haberle caído bien a la mayoría (por algo me elegían a mí para dejarme el paquete de fideos que les sobraba), y espero ser un buen recuerdo para ellos cuando evoquen su estadía en Nueva Zelanda.



Y mientras tanto yo, acá, soy consciente de que aprendí, con algo de dolorcito en el pecho, lo distinto que significa, comparado con todo lo que conocía, una amistad. Una amistad de viajero. Una amistad que viaja: se la conoce un momento, y hasta luego. Hasta un reencuentro, en otro lugar del planeta, años por delante.

Y ahora llegó mi momento de dejar la Small Kiwi House. De decirle chau a Yair, el único que estaba antes y seguirá un rato más; de empaquetar todo en el auto, poner Vodka Juniors a lo que dé, secarme una lágrima y arrancar. Después, en la ruta, pondré un tema más polenta, dispuesto a rockearla rumbo Sur.


Vamos de nuevo: ¿qué son estas fotos? Cuando renuncié a mi último trabajo argentino, mis jefas me regalaron este recopado cuadernito artesanal (¿les gusta?, ¡acá pueden comprarse su propio Bochinche!), con una relinda dedicatoria, esperando que hiciera mucho arte en él. Perdón por la decepción, pero estos son los mamarrachos oportunos que fui poniendo, página por página, hasta el día de hoy.




Rafa Deviaje.