jueves, 11 de febrero de 2016

Fin de año a todo tradición

De regreso a la casa de Ikue nos esperaba el fin de año. Sabía que ellos tienen el hatsumode, o la primera visita del templo tras año nuevo, pero a pesar de haberlo visto en montón de animés, no sabía cómo podía ser.


Por otro lado, pensaba, tal vez no fuera la gran cosa. Habíamos pasado una Navidad sin nada particular en Kyoto: nada de fuegos artificiales ni de esperar a media noche. Miki y yo la pasamos bastante bien porque pasamos la tarde en un sport center, donde bateamos pelotas de béisbol en una maquinola e hicimos otro montón de huevadas, y después terminamos en un karaoke con nuestro anfitrión y sus amigos.


Después de pasar el último día de diciembre dentro de la casa, manteniéndonos calentitos y comiendo sin parar, nos abrigamos bien y nos llevaron a un templito (creemos que budista) cercano al jardín de infantes donde trabajaba Ikue. Allá nos reencontramos con sus jefes, que nos obsequiaron gorritos abrigados y nos invitaron a pasar dentro del templo, donde el cuidador (nótese: cuidador del templo, no monje ni nada así) nos invitó más comida y un sake con chispitas de oro flotándole adentro).


Todo muy tradicional, sobrio pero relajado y alegre a la vez. Miki tomó su vasito de sake dorado y se puso charlatán, y procedimos a tocar campanazos. Cinco campanazos a la campana de la paz, una enorme y linda, para purificar los malos sentimientos e iniciar el año próximo de la mejor forma posible.


Cada campanazo, dado a intervalos prolongados, hacía vibrar todo dentro del pecho y la cabeza (más allá del sake espiritual) y se sentía bien. Al final terminé dándole quince campanadas, una más zarpada que la otra, y los nipones contentos de tener extranjeros tan entusiastas como invitados. Todos felices.


Al día siguiente, empezando a atardecer, fuimos a otro templo local (esta vez, sospechamos, era sintoísta). La masa de gente fluía por las calles aledañas, se arremolinaba en los puestitos de comida, y se ordenaba en largas filas frente a la alcancía en donde iban a dar sus ofrendas y pedir por sus intenciones. Miki fue a comprar por cien yenes su predicción de la fortuna y la ató a una rejita, comimos más snacks entre todos y nos volvimos, tiritando y contentos.



Rafa Deviaje. 

domingo, 7 de febrero de 2016

Gujo-hachiman de ida y vuelta


De ida a Shirakawa-go hicimos una parada de pocos minutos en Gujo-hachiman, una ciudad chiquita allá en las montañas. No era la graaaan cosa, no tiene (al menos según mis guías turísticas, Shuko e Ikue) nada particular.



Pero para mí la sola presencia de las casitas ocupándolo todo hasta el pie mismo de las montañas (cosa curiosa, prácticamente en ningún lado de Japón hay casas sobre las laderas de las montañas, que están todas cubiertas de bosques), y ver allá lejos la autopista que cruza el valle sobre un puente coloso, ver el humito de chimeneas y el reflejo del sol sobre pequeños paneles solares, resultaba placentero. Una postal muy diferente a la de Shirakawa-go, pero a la vez muy típica del resto de Japón.




Al volver de Shirakawa-go, esa misma tarde, paramos a dormir en lo de una conocida de Ikue. A la noche el pueblo era todavía más lindo, con lamparitas colgando por todos lados, el reflejo sobre el agua de los canales, un pequeño santuario iluminado... Lamento no haber llevado la cámara conmigo.



A la mañana siguiente fuimos a comer un desayuno que aparentemente sólo se consigue en Gujo (que consiste en café y tostadas como pizzetas). Y antes de que saliera el micro que nos devolvería a la casa de Ikue, pudimos pasear un poco más con un sol frío pero hermoso, visitar el castillo local y descansar sobre un banco bajo cuya sombra se empezaba a derretir la escarcha.



Rafa Deviaje.

viernes, 5 de febrero de 2016

Shirakawa-go


Pasada una semana en Kyoto volvimos a la casa de Ikue, en la Prefectura de Gifu. Su familia nos acogió con calidez como si fuésemos los primos que viven lejos, nos llevaron a pasear a cada instante que pudieron y nos volvieron a alimentar con más comida clásica nipona.



Pero a los dos días partimos viaje: en tren hasta la estación de Ogaki, donde se nos unió Shuko, y de ahí los cuatro juntos, en bondi, hasta Shirakawa-go. Este viaje había sido premeditado y planificado por Ikue, así que por primera vez desde aquel día en que fui a Rotorua con los cordobeces y un francés, pude disfrutar de ser llevado de acá para allá sin preocuparme por tablas de horarios, precios de boletos ni mapitas mal hechos.


Llegamos a eso del mediodía y estuvimos no más de cuatro horas. Y aunque a priori me parecía muy poco tiempo para recorrer aquella aldea híper conservada, enclavada en un valle a altura, con sus casitas de techo de paja y sus canales diminutos, sus comidas típicas y su mucha nieve; la verdad es que un par de horas alcanzaron bien.



Básicamente es una postal. Una postal lindísima, pero tras esa fachada es horriblemente comercial. (Y cara.) Comimos dulces regionales, fuimos a sacar fotos a distintos lugares, recorrimos las tiendas de souvenires... Seguro que hay un background detrás de la muralla comercial, gente con historias interesantes y rinconcitos desconocidos, pero no logré ni vislumbrarlos.




Así que volvimos, satisfechos y con los pies fríos, a la estación de micros, y nos pegamos la vuelta a Gujo, ciudad en donde pasaríamos la noche antes de volver a lo de Ikue.



Rafa Deviaje.

Un largo día en Kyoto


Esta sale rápido: hubo un día en que con Miki salimos a caminar. Cámara en mano, Google maps en el celular, sánguches en las mochilas, botellita de agua sin gas.



Primero fuimos al Palacio Imperial de Kyoto, pero aclaro: somos unos pelotudos. Para ir y tener un tour copado por adentro del Palacio y los jardines lindos, tenés que meterte en una web y hacer una reserva anticipada. Es gratis, sólo que limitada. Nosotros fuimos en bolas y más que caminar alrededor no pudimos hacer.


Después fuimos al Centro de Artes Marciales, que es como el más grande y el más viejo, el mejor y el más canoso de todos los dojo, y es donde se realizan muchas competiciones importantes. (Una de las que había estado entrenando, al verme con la cámara, espontáneamente hizo pose de karate kid, pero no la van a ver acá porque la cagué con el encuadre y esas cosas de fotógrafo berreta.)



Ahí al lado está el Santuario Heian, cuya foto es la que te aparece en Google maps cuando buscás por "kyoto". Lindo, grande, naranja. Lo antecede una puerta torii gigantísima cerca de la cual paramos a bajarnos los sánguches Miki y yo.


Vagabundeamos después de una siesta en un banco de plaza y llegamos al Eikan-do Zenrin-ji, cuya entrada está 600 yenes. Tiene un jardín muy bonito, lleno de musgo sin una brizna de pasto, árboles lindos, escaleras que te llevan a una pagodita en la ladera del cerro, y después tenés un complejo de templos con salones y escaleras y pasillos exteriores en los cuales saqué poquitas fotos porque, en realidad, no te dejaban sacar ninguna.


 


Los azares de las callecitas empinadas y sin vereda y las mil distracciones nos llevaron finalmente a un templo que se llama Nazen-ji. Pero lo que nos gustó no fue ese templo (que está rodeado de una docena de templos cuasi-similares), sino un caminito que había atrás, mucho más atrás, que subía por el bosquecito. Aunque no lo recorrimos por completo nos regaló un altarcito en una covacha de piedra y una cascadita donde, en verano, la gente se va a bañar y todo.


Y este es el punto en el que la cronología de los hechos me importa un carajo, y cuelgo fotitos del Mausoleo Oyahon, lugar al que caí un día de esos en un paseo solitario por Kyoto. Porque aclaro: hubo muchos paseos por Kyoto y espero que los vuelva a haber, porque la suerte te hace llegar a rincones silenciosos donde los monjes rezan y queman incienso, porque no todos los caminitos y santuarios están en Google maps, porque las veredas de piedra de Kyoto piden más pies de viajeros para gastar.




Rafa Deviaje.

jueves, 4 de febrero de 2016

Kizomiyu-dera


Shuko nos llevó a pata a una de las partes más tradicionales de Kyoto mientras el día se pudría y pudría. (Nos contó que en Kyoto, McDonal's no tiene permitido usar el rojo en su logo, sino un marrón oscuro para no desentona con el estilo de la ciudad.)


 


Paseamos todo a lo largo de una zona comercial gigante sin comprar nada. Pispeamos por una calle donde, se rumorea, están las últimas geishas reales de Japón, y hasta podés llegar a vislumbrar alguna cuando se mueve por la vía pública (no, nosotros no tuvimos esa suerte). Dimos un vistazo por arriba al santuario Yasaka, al que volvería en enero. Y nos internamos en las callecitas empinadas que llevan a Kizomiyu-dera, uno de los templos más conocidos de Kyoto.



Ya llovía. Los paraguas plásticos, que reflejaban desde cara rincón la iluminación de faroles viejos y farolas de papel, desentonaban un poco con aquellos corredores adoquinados, donde hasta los postes hidrantes estaban disimulados con cajones de madera oscura. Vimos por una vidriera cómo hacían potes de cerámica, picoteamos golosinas y boludeces al azar, nos tomamos un café en latita de una maquinola expendedora, y finalmente llegamos, lluvia arreciando y sol completamente escondido, al Kizomiyu-dera.


 

 

Pagamos entrada y nos apresuramos a recorrer los edificios más lindos: un templo sostenido sobre pilares enormes en la ladera montañosa, una pagoda oscura, y un tunelcito de madera desde donde se accede al agua de la buena fortuna. Agarramos una cacerolita y, cumpliendo el ritual, bebimos de aquella agua mágica que nos lavó por dentro...





A la vuelta, bajo la lluvia pesada y fría, el agua nos lavó por fuera de punta a punta. Llegamos tiritando al departamento, colgamos las pilchas frente a la calefacción, y nos turnamos con Miki para meternos en la bañadera con agua pelachanchos.




Si bien aquel día disfruté la recorrida en manos de una guía local personal, el clima había cagado todo un poquito. Por eso volví otra vez un tiempo después, un día que apenas nublaba, a sacar fotos y deleitarme de nuevo con ese barrio que me hacía pensar en señores feudales, geishas, orfebres, alfareros y artesanos de la madera y los adornos de paja tejida, en monjes de sandalias de madera y nenes a los que ya pelaban el bocho para que parecieran samuráis...






Rafa Deviaje.