Todos vamos a morir un
día, y todo también termina. Y entre vos y yo, este blog tenía sus
días contados desde el momento que volví de Japón: así que acá
estamos, después de ciento cincuenta y cuatro publicaciones, despidiéndonos.
Recuerdo en mi último mes
de Nueva Zelanda haber conocido a un pibe que recién arrancaba y
maquinaba un blog de viaje lleno de penurias; y recuerdo con
felicidad haber entrado al mismo blog un año después y descubrir que
nunca más, desde que nos conocimos, escribió una puta palabra en
ese lugar. Ahí supe que a mí eventualmente me iba a llegar el momento; así que acá estamos, después de casi tres años y medio,
después de ciento cincuenta y cuatro publicaciones, despidiéndonos.
Hago clic a la derecha del
blog, hacia esos primeros posteos llenos de metáforas, chistes
ingeniosos, links escondidos, fotos con muchas ganas en la edición,
y casi que se me cae una lágrima. Poco a poco fui cambiando el estilo
intentando mantenerme fiel al original; poco a poco fui mermando en
expresiones, automatizando el retoque de las fotos, simplificando
incluso el loguito. Hasta llegar a hoy, donde tengo que contar todo
lo que hice en mis últimos cuatro meses y pico de visa en Australia
de un tirón y sin fotos. Así que acá estamos, saldando cuentas,
despidiéndonos.
Retomemos: estaba en Perth
y me tomé un avión a la ya conocida Cairns. Me fui haciendo dedo
hasta lo de Ivan y tuve la suerte, o la coincidencia, de que fuera él
mismo quien me levantara cuando yo estaba ahí pulgar arriba. Mi
último aventón en Australia fue suyo, oh qué maravilla.
Hice de nuevo toda la
temporada de las paltas en el pueblito de Kairi, en el galpón de Jamie, el de una pierna y un brazo. Viví en el mismo cuartito (sólo
que esta vez lo puse réquete lindo) y manejé el mismo coche. Coseché los mismos árboles con las mismas escaleras, manejé las mismas cherrypickers, (tuve la suerte
de hacer poda con las sierras hidráulicas, eso fue el único trabajo
novedoso), y recibí el mismo pago.
En el medio me visitaron
amigos que había hecho en Tasmania y conocí nuevos; me reencontré
con un pibe con el que había coincidido en Stewart Island allá
lejos y hace tiempo; y fuimos al Daintree a acampar y visitamos distintas
cascadas, logré ver una cassowary bendita, e incluso volví a saltar de un avión en paracaídas. Todo eso, y ni una foto.
Y disfruté cada día que
mi segundo año de Working Holiday Visa se acercaba a su final,
disfruté los paisajes de estos campos con nubes tan bajas que
acarician; desayuné afuera bajo los árboles con el viento fresco y
el sol dorado; me quedé mirando la niebla de la mañana que se
queda dormida sobre los surcos; dormí siestas en la cama elástica
después de entrenar, escuchando los pajaritos (que no cantan acá como cantan allá, en casa); manejé con amigos al lado ventanillas abiertas y música al palo; salí a corer con la perrita de Jamie todos los días y aprendí de cadenas y libertad; oí más historias de personajes entrañables; escribí mis cosas; comí muchas paltas.
Y así, sin mucho más,
llegamos a este día en que me subo al avión que me arranca
de este país y este rincón que ya es mi segundo hogar y mi segunda familia, y que me va
a depositar en Bali, Indonesia. Un día más acá y mi Australia
querida me convertiría en lo que nunca un viajero puede ser:
inmigrante ilegal.
Así que chau blog,
chau Australia, chau visas fáciles de trabajo bien pago. Chau:
me voy a recorrer un rato con lo que haya ahorrado, sin pensar frases
para este blog que siempre se quedaron cortas, sin pasar
horas frente a una pantalla armando panoramas y GIFs que nunca pudieron imitar lo que yo veía.
Me voy a viajar en serio, por entero, con ganas.
Rafa Deviaje.
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